viernes, 29 de abril de 2016

Nadie quiere a los filósofos



La crisis por la que atraviesan los estudios de humanidades no solo en España, sino en el mundo entero, era perfectamente previsible desde los albores de la revolución industrial. Lo que se fundó en la Grecia clásica —el amor por el saber— y se mantuvo en Roma —la alabanza del ocio y el menosprecio del negocio—; aquello que las órdenes monásticas conservaron durante la Edad Media; aquello que resurgió con una insólita pujanza durante el Renacimiento europeo, luego durante la Ilustración y en buena medida en las universidades del siglo XIX siguiendo el ejemplo de la reforma universitaria de Humboldt en Berlín, todo eso empezó a librar ya a mediados de ese mismo siglo una batalla muy dura contra un enemigo de potencia no solo no prevista, sino también incalculable. El hombre de estudio, la mujer de artes o letras, vieron, a lo largo del gran siglo de la burguesía y de todo el siglo XX cómo la legitimidad de su quehacer quedaba mermada y amenazada a causa del desarrollo de la ciencia, la industria, el comercio y la técnica.
Nadie quiere a los filósofosEn 1872, Flaubert lamentaba el desequilibrio que un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia exhibía entre algo tan elemental como el deporte —que ya no tenía en Europa el destino agónico que había tenido en Grecia o Roma— y la enseñanza de la literatura, de la que apenas se hablaba. Con mayor énfasis, escribió lo siguiente sobre el mismo asunto: "Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado por las gilipolleces cardinales que gobiernan a los seres humanos. Eso es algo nuevo; por lo menos en el grado en que se produce. Las ganas de alcanzar el éxito, la necesidad de triunfar a toda costa —debido al provecho económico que se obtiene— le ha minado a la literatura la moral hasta tal punto que la gente se está volviendo idiota".
Él, como tantos otros autores que empezaron entonces a reflexionar sobre el descrédito progresivo de las humanidades, no poseía distancia suficiente respecto a las causas de tal descalabro. Hoy sí la tenemos. Al auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos 30 años por lo menos, un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el auge de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto a la sombra de Heidegger o de Jaspers no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de esas brillantes tecnologías y los ingenios digitales irrumpieron progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico-científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución. Estamos ya, propiamente, en lo que ha venido en denominarse la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en la era en la que el ente, el ser, no es más que un flatus vocis: una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que se otorgaba a Dios o a la muerte.
Esto nos lleva a analizar otros factores, no menudos, del descrédito de las humanidades en las universidades de España y de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, de los que los jóvenes no pueden prescindir en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter órfico —y por ello, sagrado— de la mal denominada música clásica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común —todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona—, asumida esta sin el menor atisbo de crítica; el mercado laboral lo es de profesiones consideradas productivas y necesarias, y apenas de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación —hoy vencida y desarmada en España— a todos sus niveles.
No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades. Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; seguirá habiendo escritores y lectores; algunos centros urbanos de difusión cultural seguirán abiertos y más o menos activos, pero todo lo que se relacione con el ser y sus problemas fundamentales parecerá superfluo, en estado de letargia y, en el mejor de los casos, será escenario de heroísmo para renitentes.
A esta cuestión queríamos llegar. Los planes de estudio de las facultades universitarias de humanidades irán a peor, en favor de las banalidades que ha generado la era de lo llamado políticamente correcto: una alquimia en la que se funden los feminismos y homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado. Pero toda persona vinculada a la enseñanza de las humanidades puede, si no modificar esas tendencias disolventes de las litterae humaniores, sí otorgar a sus actividades un trasfondo y un alcance que minen hasta los cimientos esos falsos edificios del saber. A nuestro juicio, no hay más solución para las facultades humanísticas que implicarlas en la vida cotidiana de la polis, o sea, convertir las humanidades en la punta de lanza de una restauración de la política —que es como actuar en beneficio de la ciudadanía en aquello en lo que ni las ciencias ni las técnicas pueden hacer mucho—; transformar todas las escenas del saber humanístico en el gran aliado del progreso espiritual de una nación y de sus ciudadanos. Por ejemplo, enviar a los estudiantes de los últimos cursos a comentar las grandes o menos grandes obras de la literatura universal en las bibliotecas públicas; no obligar a los profesores a hacer gestión académica, algo que los convierte en burócratas, sino agitación cultural más allá de sus muros; convertir a profesores y alumnos avanzados en asesores de centros de creación y difusión de la cultura; mandar a todos ellos a los diarios del país para favorecer un periodismo de mayor alcance cultural; invitar a cualquier empresario del mundo de la técnica, la informática, los negocios, y lo que sea, a contratar antes a un graduado que, siéndolo en la profesión adecuada y pertinente, lo sea también en cualquier rama de las humanidades, como ya sucede en Estados Unidos, para satisfacción incluso del rendimiento de sus empresas. Porque no es factible suponer que unos buenos estudios de humanidades (como todavía pueden cursarse en escasos centros universitarios del mundo entero, pues casi todos han quedado arruinados por el efecto de metodologías "seculares") resulten suficientes para obtener legitimidad en las sociedades actuales si no salen de las cuatro paredes de los centros universitarios.
Su papel tendrá que ser, en el futuro, el de una rigurosa resistencia, el de un profundo conocimiento del pasado, el de la transmisión eficaz de ese saber antiguo en provecho del futuro antes de que todo el mundo caiga en la "amnesia institucionalizada" de que ha hablado George Steiner. Pero, sobre todo, si los profesionales de las humanidades quieren por una vez actuar con sentido común y eficacia, su papel habrá de ser el de garantes de la permeabilidad entre las instituciones sabias a las que pertenecen y el progreso de la sabiduría, la democracia y la dignidad del ser entre los ciudadanos de un país entero.
Jordi Llovet es catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona.

José Antonio Marina: "La equidad es compatible con la excelencia"

El filósofo y profesor José Antonio Marina sostiene que pensamos no sólo para conocer, sino para actuar, y que el talento es, por tanto, «la inteligencia actuando de manera adecuada, brillante y eficiente». No triunfa el que es muy inteligente, sino aquel que toma las mejores decisiones y elige bien las metas: «El talento es el acto de invertir bien la inteligencia», señala. «Esta inteligencia puede cultivarse a través de una educación adecuada». De todo esto habla en su nuevo libro Objetivo: generar talento. Cómo poner en acción la inteligencia (Conecta), un libro optimista pero que, al final, saca conclusiones algo desesperanzadoras sobre la organización de la sociedad y sobre los políticos.

Suscribe la Ley de Abrecht: «Las personas inteligentes unidas en una organización suelen tender hacia la estupidez colectiva». ¿España, en conjunto, suele tomar malas decisiones?
Sí. España no ha tenido nunca talento político y por eso hemos tenido una historia tan convulsa y hemos perdido tantas oportunidades. Tuvimos una buena etapa, en la Transición, porque se eligieron bien las metas, al acordar de forma consensuada que había que seguir adelante. Después, hemos planteado metas que fragmentaban y hemos adoptado como política la cronificación de los problemas. Llevamos demasiado tiempo con problemas educativos... ¿De verdad no se pueden resolver? Necesitamos una nueva inteligencia política que sepa qué hacer con todo esto, que sepa cómo gestionar el futuro.

¿Se ha hecho de Ciudadanos? El otro día estuvo en un acto educativo de Albert Rivera y Luis Garicano.
No. Ni de ningún otro partido. Subrayó mi total independencia porque quiero trabajar para que la educación esté por encima de las ideologías. Elaboré el Libro blanco de la profesión docente por un encargo del Gobierno del PP y, cuando el debate de Educación para la Ciudadanía, me acusaron de ser el filósofo de Zapatero, a quien no conocía.
¿Se queda con la excelencia que defiende el PP o con la equidad por la que apuesta el PSOE?
Ambas son compatibles. Tenemos que ir a un socialismo de las oportunidades y a una aristocracia del mérito. En la educación obligatoria, la equidad es fundamental. La procedencia socioeconómica tiene una gran importancia en los resultados educativos. Por eso, la excelencia debe empezar, en muchos casos, por una ayuda socioeconómica a las familias y una protección especial desde Infantil. En cambio, al pasar a la educación voluntaria, la excelencia adquiere protagonismo. Por ejemplo, me parece sensato que, en los dos primeros cursos universitarios, las becas vayan ligadas fundamentalmente a la situación económica del alumno, pero que, a partir del tercero, la calidad de los resultados sea un factor preponderante.
l mundo ha cambiado mucho en poco tiempo, pero no parece que lo haya hecho la universidad. ¿Hay un desfase entre la formación con la que salen los estudiantes y las nuevas habilidades que se demandan?
Sí, hay un desfase. La Ley de Revans dice que, para sobrevivir, las personas, las instituciones y las sociedades necesitan aprender, al menos, a la misma velocidad en que cambia el entorno. En el caso concreto de la universidad, en España estamos muy retrasados. Hay universidades mucho más activas en EEUU y Reino Unido.
¿Nuestro sistema educativo sabe cómo sacar el máximo partido a la inteligencia de los alumnos?
Sabe cómo hacerlo pero no lo hace. Ni el sistema ni los profesores están preparados. No lo están, en primer lugar, porque los currículos son disparatados y, si los profesores están obsesionados con los currículos, no pueden enseñar a pensar a los alumnos. En segundo lugar, porque no tenemos formas de personalizar la educación. Y no es un problema de dinero, porque la tecnología permite que haya distintos ritmos de aprendizaje.
En el libro habla mucho de la memoria. Existiendo internet, ¿hay que aprenderse la lista de los Reyes Godos?
La lista de los Reyes Godos, no, pero la tabla periódica de los elementos, sí. La memoria es el órgano del aprendizaje, no se puede aprender nada si no es de memoria.Está desprestigiada por ignorancia y esto nos ha producido unos daños educativos colosales, porque se entiende que es simplemente repetir las cosas y no es sólo eso.
«Lo que distingue al virtuoso del mediocre sólo se debe al trabajo». ¿Para qué es importante el esfuerzo? ¿La letra con sangre entra?
No, la letra con entrenamiento entra. La inteligencia se amplía mediante la repetición de hábitos bien dirigidos. Toda buena enseñanza es entrenamiento.
En el libro habla de lo importante que es controlarse e inhibir los impulsos. La famosa investigación de Walter Mischel mostraba cómo a los niños que son capaces de esperar y resistirse a la tentación de una golosina les iba mejor de mayores.
Todo nuestro sistema de consumo está fundado en suscitar deseos muy fuertes y que desaparezcan inmediatamente para ser sustituidos por otros. La impulsividad está creciendo y es más importante que nunca reconocer que la primera función de la inteligencia ejecutiva es que hay que frenar el impulso para poder analizarlo.
¿Qué ha hecho el Ministerio de Educación con su 'Libro blanco'?
Ahora todo está paralizado. En lo único en que estamos es en ese chismorreo del pacto.
El Mundo

domingo, 17 de enero de 2016

Carta de un socialista ateo francés a su hijo

 Carta que el socialista ateo francés Jean Jaurés fundador del periódico a “L’Humanité” escribió a su hijo, publicada en 1919.


Querido hijo:
Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas.
Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás. No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor.
Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?. 

Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?
En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra,  a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.
Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras.
Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.
Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.
Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío,que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.
Recibe, querido hijo, el abrazo de
TU PADRE.
Jean Jaurès, cuyo nombre completo era Auguste Marie Joseph Jean Léon Jaurès (*Castres, Francia, 3 de septiembre de 1859 – París, 31 de julio de 1914), fue un político socialista ateo francés.

domingo, 22 de noviembre de 2015

La Crisis del mundo islámico

WILLIAM PFAFF

Unidos por el Corán y la lengua árabe, la civilización islámica vive una interminable crisis de carácter político y religioso. Resolverla está en manos de los países musulmanes. La intervención externa solo ha servido para frustrar cualquier intento de solución interna.

Desde la caída del Imperio Otomano tras la Primera Guerra mundial, la civilización islámica árabe atraviesa una profunda crisis que solo habrá de resolverse desde dentro. Esta crisis es de carácter tanto político como religioso, y podría compararse a la vivida en Europa durante la guerra de los Treinta Años, que terminó en 1648 con la Paz de Westfalia. Estos supusieron la aparición de un nuevo sistema de Estados soberanos nacionales y, en el ámbito religioso, allanó el camino para la aceptación del principio cuius regio, eius religio, fijado por la Dieta de Augsburgo en 1555. A grandes rasgos, puede decirse que ambos instrumentos legales se han respetado en Occidente hasta hoy, excepción hecha del siniestro interludio totalitario del siglo XX.
Ni la aparición inesperada del que se ha autoproclamado nuevo Califato Islámico, ni las atrocidades que demuestran su poder e impiedad, ni su objetivo declarado de recuperar una edad del islamismo deberían ser considerados fenómenos nuevos en la historia del imperialismo y del posimperialismo. Que últimamente el debate en los círculos europeos y estadounidenses haya girado en torno a lo qué hacer (o no hacer) con respecto al Estado Islámico (EI) revela hasta qué punto, sorprendentemente, se ignora la Historia y se insiste en no reconocer las continuadas futilidades y fracasos de Occidente a la hora de imponer su voluntad más allá de sus fronteras. Este nuevo movimiento que llama a recuperar el poder perdido y la gloria pasada del islam es, en realidad –y por poco convincente que parezca esa aspiración–, la última etapa de la crisis que aqueja a la civilización árabe musulmana desde su desmembración tras la derrota del Imperio Otomano, la última manifestación política de un islam unido.

La vuelta al pasado
Nos repiten una y otra vez que para entender el presente debemos estudiar el pasado, pero en la práctica rara vez lo hacemos con amplitud de miras. En varias ocasiones se han alzado movimientos populares radicales que exigían devolver a alguna sociedad fragmentada y culturalmente consternada su Edad de Oro: ocurrió dos veces en la China del siglo XIX (las rebeliones Taiping y de los bóxers), en India (el llamado motín de los cipayos de 1857) y en el Sudán colonial (donde el mahdi Mohamed Ahmed, mesiánico purificador del islam, tomó Jartún en 1885 y asesinó al general Charles Gordon). Estos son solo dos de los ejemplos más relevantes de insurrecciones contra el poder imperial.
Se trata de un fenómeno que apareció en el África poscolonial, cuando los practicantes de religiones animistas se propusieron capturar o emular el poder de la religión imperial para escapar de la explotación. Un fenómeno que sigue dándose en su forma más primitiva. ¿Qué, si no, son el terrible Ejército de Resistencia del Señor de Uganda u otros fenómenos radicales, como Boko Haram, clasificados por los gobiernos europeos simplemente de “terroristas”? Su poder reside en que los inspiran determinadas interpretaciones, a veces perversas, de la religión.
Tales fenómenos son, en su totalidad, expresión del problema quizá más recurrente de la historia: la búsqueda de la “clave del Milenio”, común a sociedades tanto sencillas como sofisticadas desde los tiempos más remotos. Por ejemplo, ¿qué diríamos que es (y sigue siendo, en ciertas formas fragmentadas) el comunismo? El comunismo propuso un método para alcanzar las promesas hechas por la Internacional Comunista y varios gobiernos, entre ellos el soviético: el Gran Día, en que la virtud quedaría encarnada en una futura felicidad permanente y en una condición humana transformada, el Gran Día en que se recuperaría un pasado glorioso que traería la justicia y la dicha a los pueblos afligidos. Es decir, una religión secular.
Estamos pues ante un fenómeno moderno. En Occidente, durante la Edad Media, se consideraba que el paraíso prometido existía más allá del tiempo y que solo abriría sus puertas después de que la llegada del Mesías acabara con el dolor de la existencia terrena. El nuevo milenio marcaba el final de una era secular, tras el cual se agotaría la historia de la humanidad y daría comienzo el milenio de reinado celestial, tal y como prometió el Libro de las Revelaciones. El marxismo fue la traducción secular de esa promesa religiosa, promulgada por nuevos profetas: el propio Marx, Engels o Mao. Hacía falta una promesa laica, porque Dios había perecido a manos de la Ilustración europea. Pero esta no es la visión del islam. El emir Abu Bakr al Baghdadi, supuesto nuevo califa del islam, espera que se cumplan las promesas del profeta Mahoma que, como las de la cristiandad, son intemporales.
El Califato Islámico anunció su nacimiento en agosto de 2014 y se proclamó dispuesto a atacar a Occidente y en especial a Estados Unidos y a sus heréticos aliados árabes: el Estado de Irak, chií y sometido a la política estadounidense, y Arabia Saudí, que afirma su superioridad en virtud de su ideología propia, el wahabismo. En el seno del islam, el conflicto entre suníes y chiíes se enrarece y extiende, promovido por los Estados islámicos más grandes y poderosos, como los suníes Arabia Saudí y Catar o el chií Irán, entre otros. Todos ellos proveen energía a Occidente. En Oriente Próximo se están librando actualmente muchas guerras, pero todas se confinan casi exclusivamente a sociedades islámicas y su origen está principalmente en antiguas disputas religiosas en torno a la doctrina del Profeta, siendo secundarias las motivaciones políticas o geopolíticas. Es mejor dejarlo estar.
¿Por qué los políticos de la oposición en EE UU se empeñan en que Barack Obama saque músculo yendo de nuevo a la guerra? ¿Por qué el presidente se ha sometido a ese chantaje fronteras adentro? Tanto Irak y Siria (que libran guerras civiles) como Hezbolá (que lucha contra Israel, los rebeldes suníes y los mandatarios alauitas de Siria) han demostrado ya que saben enseñar los dientes a sus enemigos.
Los únicos en fracasar recientemente han sido los militares iraquíes, tras una década de entrenamiento militar estadounidense: sin duda, la causa está en la incapacidad del gobierno iraquí para sembrar lealtades y alimentar el nacionalismo que vincula un ejército al Estado y al pueblo que debe defender. Se trata, así pues, de un fracaso político, consecuencia de la miope demolición que el gobierno de George Bush hijo perpetró contra el Irak secular anterior a 2003.

Lo que quedó de las dos guerras
La crisis que actualmente atraviesan los países árabes se inició tras la Gran Guerra, cuando los vencedores, es decir, los principales poderes imperiales europeos de entonces, dispusieron como quisieron de los despojos del Imperio Otomano. Su nuevo instrumento legal, la Sociedad de Naciones, les permitía crear mandatos y supervisar las nuevas monarquías y demás autoridades territoriales reconocidas por los acuerdos firmados en la posguerra. No obstante, los pueblos del islam no cejaron en su empeño de reunirse: pese a sus diferencias teológicas, los unía el Corán y la lengua árabe, en la que está escrito ese libro sagrado y en la que se lee aún hoy. El sistema otomano que había reemplazado a los grandes califatos árabes fue destruido a finales del siglo XIX y principios del XX, primero debido a la resistencia ofrecida en los territorios eslavos del imperio y, a continuación, por la colisión contra la Europa moderna e industrializada, en la Primera Guerra mundial. El desafío intelectual y teológico que había planteado la Ilustración europea influyó inevitablemente a los pensadores islámicos y dieron curso a las corrientes reformistas del movimiento de los Jóvenes Turcos en el seno del Imperio Otomano.
Después de 1918, el intemporal Egipto (islámico pero no árabe) siguió siendo una monarquía, aunque bajo protectorado británico. Persia, otra antigua monarquía independiente ajena al mundo árabe, cayó también bajo la égida informal de Reino Unido, tras el descubrimiento en el siglo XIX de petróleo, necesario para el funcionamiento de la Royal Navy. Los tronos de Siria, Irak y Transjordania fueron ocupados por monarcas árabes hachemitas (en Irak reinó Faisal, quien encabezó la revolución árabe con T. E. Lawrence, alias Lawrence de Arabia, como consejero militar y fue en un principio coronado rey de Siria, hasta que las autoridades coloniales francesas lo apartaron del poder).
Ambos Estados eran mandatos de la Sociedad de Naciones, bajo control francés y británico respectivamente, al igual que Palestina que –como es bien sabido– se transformó asimismo en Mandato Británico, sin previsión de cumplir la promesa hecha durante la guerra de establecer en ella la “patria del pueblo judío”, a condición de que se reconociesen los derechos de las comunidades no judías de Palestina, como especificaba la Declaración Balfour.
Lo que en ese tiempo era la Arabia tribal estaba siendo tomada progresivamente por el purista movimiento wahabí, encabezado por Ibn Saud. Sus territorios conquistados fueron proclamados independientes por Arabia Saudí en 1926, mientras que el actual Yemen se mantuvo bajo poder tribal. Los gobiernos coloniales europeos estaban acostumbrados a gobernar a pueblos “menores” en ultramar, más allá de las fronteras continentales, creyendo siempre actuar en el interés propio y el de los pueblos gobernados. Lo hicieron bajo la autoridad incontestable de la “comunidad internacional” (como llamaríamos hoy a aquella Sociedad de Naciones), destruyendo todas las expectativas que los pueblos árabes tenían de una independencia unitaria y real.
Las nuevas monarquías de Irak y Siria cedieron a los movimientos militares nacionalistas de las décadas de los veinte y los treinta. El partido panárabe Baaz, de espíritu modernizador y laico, terminaría tomando el poder en ambos países, y se vería influido por los cristianos libaneses, que temían encontrarse aislados en el seno de un nuevo país panárabe musulmán. Quien más cerca estuvo del ideal panárabe (la fundación de una nación árabe única) fue el coronel egipcio Gamal Abdel Nasser, quien en 1953 aplicó una interpretación árabe del socialismo y consiguió unir efímeramente Egipto, Siria y Yemen (el antaño Reino de Saba). Los Hermanos Musulmanes (fraternidad fundada en Egipto en 1928, a la que Nasser se opuso) fueron y siguen siendo un movimiento panárabe, radical y sectario, con múltiples manifestaciones y, probablemente, mucho futuro por delante, pese a su derrota en Egipto.
Tres décadas después del armisticio de la Primera Guerra mundial, la entonces joven Organización de las Naciones Unidas, institución occidental dominada tanto entonces como ahora por EE UU, dividió el Mandato Británico de Palestina para crear la Patria Nacional Judía prometida por el gobierno británico a través de la Declaración Balfour, en noviembre de 1917. Nace así un conflicto permanente con los palestinos que poseían esos territorios. Desde entonces, no han dejado de luchar los sionistas respaldados por EE UU y los árabes que habitaban Palestina. Este conflicto ha obrado transformaciones políticas y psicológicas en la conciencia comunitaria árabe y ha desenterrado sensibilidades y el recuerdo de las Cruzadas, de los grandes califatos y del periodo otomano, cuando los árabes dominaron la Europa balcánica, desde Grecia hasta Viena. En ambos bandos, el conflicto palestino se ha convertido en una lucha “existencial”, tomando prestado el adjetivo utilizado por los políticos israelíes. Quien pierda, muere.
Los árabes emergieron de la Segunda Guerra mundial bajo el control de las mismas potencias coloniales y la influencia de la ONU, la nueva autoridad global patrocinada por los estadounidenses. Las iniciativas de independencia árabes de la posguerra buscaban unir a los árabes, pero fracasaron en su totalidad: la guerra contra la división de Palestina y la creación de Israel, el socialismo árabe del coronel Nasser, el partido laico Baaz en Siria e Irak, las iniciativas religiosas como los Hermanos Musulmanes. En su lugar, se dieron una serie de conflictos civiles e interestatales en los que EE UU terminaba por intervenir, inútilmente, tratando de imponer órdenes políticos prooccidentales en toda la región. Podría pensarse que las consecuencias de esos conflictos habrían enseñado a Occidente una dura lección, pero no ha sido así.
En este clima político de fracaso, marcado por el nacionalismo árabe y la aparente irresolubilidad del conflicto israelo-palestino, EE UU determinó que debía ser capaz de imponer un nuevo orden. Tal realidad era implícita a la política general estadounidense, tanto durante la guerra como en la posguerra. En Oriente Próximo debían cumplirse dos objetivos en el ámbito de la política exterior. El primero era garantizar el acceso de EE UU a la energía. Durante la guerra, dichas garantías quedaron consignadas en el acuerdo firmado entre Franklin Roosevelt y la Arabia de Ibn Saud, en virtud del cual los estadounidenses brindarían protección a Arabia Saudí a cambio de petróleo, directamente. El segundo objetivo era solucionar el problema israelo-árabe. Si Washington hubiese querido imponer una solución en la década de los cincuenta, a saber, la creación de dos Estados permanentes bajo los auspicios de EE UU, esa parte del mundo se habría ahorrado 60 años de guerra, tanto abierta como encubierta. Pero no fue así, e Israel vio refrendados sus ímpetus sionistas más esenciales, que planteaban tomar la totalidad de Tierra Santa sin importar el coste para los palestinos, a los que, en un primer momento, la propaganda israelí tildaba de “insignificante grupo de tribus nómadas”. La administración estadounidense se vio obligada, por las presiones internas, a defender invariablemente las consecuencias de aquella ficción.
En 1951 emergió otro obstáculo para el éxito de EE UU en Oriente Próximo: el primer ministro iraní, el populista Mohamed Mussadeq, nacionalizó las inversiones petroleras británicas contra la voluntad del sah. Este terminó exiliándose, pero en 1953 un golpe de Estado nacido de la agitación popular y espoleado por los servicios secretos británico y estadounidense le devolvió el trono. El gobierno de Richard Nixon lo ungiría más tarde como aliado de EE UU y guardián del orden en la región del Golfo. No obstante, en 1979, tras otro periodo de desórdenes internos, se vio obligado a huir debido a otra intentona golpista por parte de fundamentalistas chiíes. El secuestro de personal diplomático estadounidense supuso un varapalo para el gobierno de la superpotencia. Desde este acontecimiento, la política estadounidense está marcada por la enemistad hacia Irán.
La consecuencia más importante de aquellos hechos fue el ataque perpetrado por Irak contra Irán a raíz de conflictos territoriales, pero con el beneplácito implícito de EE UU. La guerra duró ocho años y fue una carnicería comparable a la de la Primera Guerra mundial. En 1990 Irak invadió Kuwait –territorio también reclamado– y una coalición liderada por los estadounidenses devolvió la libertad al pequeño país y su petróleo tras la entonces llamada guerra del Golfo. EE UU había resuelto mantener bases permanentes en Arabia Saudí, pese a la objeción árabe de levantar instalaciones militares junto a los lugares sagrados del islam. Tras los ataques del 11-S contra Nueva York y Washington, el movimiento Al Qaeda, integrado por saudíes, declaró explícitamente que mediante sus actos la ira de Alá castigaba las blasfemias de EE UU en Oriente Próximo. El presidente Bush contestó entonces que los yihadistas de Al Qaeda eran el “mal” personificado.
Las invasiones estadounidenses de Afganistán y el Irak árabe azuzaron el deseo de vengar los ataques del 11-S. Quedaron justificadas aquellas por una ficción, la supuesta existencia de armas de destrucción masiva de Irak, y por la interesada quimera estadounidense de “democratizar” esas dos sociedades y, en última instancia, el resto de Estados islámicos árabes y centro­asiáticos, potenciales nodos de un sistema liberal regional dominado por Washington.

EE UU: fracaso tras fracaso
El “nuevo Oriente Próximo” fundado por la OTAN a finales de 2003 ha fracasado flagrantemente, pero sigue siendo una aspiración del expansionismo visionario de algunos políticos estadounidenses neoconservadores (el último ejemplo de esta política ha sido el intento frustrado de atraer Ucrania al seno de la OTAN). La secretaria de Estado del gobierno de Bush hijo, Condoleeza Rice, escribió en Foreign Affairs (julio-agosto de 2008) las siguientes palabras: “La construcción de Estados democráticos es hoy un punto prioritario en nuestra agenda nacional y es reflejo de una actitud realista, inconfundiblemente estadounidense, que nos empuja a creer que el cometido de nuestro país es cambiar el mundo a su imagen y semejanza”. El 11 de septiembre de 2014, Vali R. Nasr, eminente director de la School of Advanced International Studies de la Universidad Johns Hopkins, opinaba así en The New York Times: “EE UU debe recabar en Oriente Próximo apoyos para la redistribución de poderes y la construcción nacional”. Ha transcurrido una década de fracasos pero ese gran designio no ha cambiado.
El presidente Obama ha declarado que el yihadismo del nuevo EI es en sí mismo una encarnación del mal que debe ser anulada y destruida. Los dos bandos enfrentados en esta reinterpretación de la “guerra contra el terror” lanzada por Bush –a saber, judíos y cristianos de Occidente de un lado y enemigos árabes de otro– se consideran “pueblos del Libro” y descendientes del profeta Abraham. En su fuero interno, no obstante, se han convertido en ejecutantes del apocalíptico destino descrito en el Libro del Génesis. Muchos evangélicos y protestantes estadounidenses se han convencido de que la política exterior estadounidense actual no puede entenderse sino en ese contexto.
El principal obstáculo para el éxito de esta nueva guerra de Washington en Oriente Próximo lo pone el hecho de que el modelo político estadounidense ni convence ni merece el respeto en los países de la región. Además, las políticas de EE UU no han tenido ningún éxito. Su actitud desde los ataques de radicales islámicos en 2001 contra Nueva York y el Pentágono ha socavado o subvertido deliberadamente instituciones encargadas de guardar el orden internacional, que en el pasado disfrutaban del apoyo incondicional de EE UU. Los códigos morales y de justicia internacionales, desarrollados por la comunidad occidental desde el siglo XVII, eran rechazados o ignorados cuando se creía conveniente, y EE UU exigía que se le eximiera de cumplir el Derecho Internacional, incluso de respetar normas relativas a los derechos humanos y la soberanía nacional, hasta hace poco aceptadas internacionalmente.
Así pues, la política exterior estadounidense se ha visto despojada de un elemento fundamental, un cimiento moral que originalmente se daba por supuesto. La asimilación de las modernas influencias, valores y prácticas de carácter totalitario, que caracterizan la política exterior de EE UU desde 2001, ha llevado a la justificación de asesinatos de Estado, matanzas selectivas a cargo de drones, incumplimiento de los procedimientos legales o tortura y reclusión incondicional sin juicio. Los mandatarios estadounidenses justificaban todo ello en el ámbito de un conflicto que no era guerra de religiones como tal, sino de absolutismos: uno, religioso; el otro, el nuestro, una cultura política de ensimismados y radicales nacionalismos milenaristas.

Forzar el choque de civilizaciones
Recuerdo la hipótesis que Samuel Huntington presentó al final de su carrera intelectual, según la cual la próxima guerra mundial será una guerra de religiones más que de Estados. Quien escribe desestimó en su día tal especulación, tildándola de proyección simplista de lo vivido en el siglo XX y de las típicas ideas estadounidenses sobre política exterior durante la década de los noventa, fundamentalmente promovidas por los agresivos neoconservadores islamófobos de Washington.
La implausibilidad de esa teoría es puesta de relieve por el argumento de que China (al parecer considerada ya por Washington el enemigo del futuro) formaría parte de una “conexión militar confuciano-islámica […] que contrarrestaría el poder militar occidental”. Una alianza que, de existir, no sería de mucha utilidad para China, nación con una minoría musulmana exigua y dispersa que no suma más del tres por cien de su población. El gigante asiático apenas sacaría provecho involucrándose en los conflictos entre Washington y el mundo musulmán.
El principal efecto de la hipótesis de Huntington cuando esta saltó a la palestra fue el incremento de los prejuicios antiárabes en EE UU, especialmente entre los amigos de Israel. Ello contribuyó a un ambiente político que hacía parecer inevitable la venganza pergeñada por la administración Bush tras los atentados del 11-S. Las teorías de Huntington tuvieron una influencia incluso mayor en los círculos intelectuales islámicos y entre los gobiernos árabes, debido a que era profesor de la Universidad de Harvard. El prestigio de Huntington, considerado el decano de los expertos estadounidenses en ciencia política (especialidad que en ese país alcanzó su madurez en la década de los treinta con el movimiento conductista), le ha convertido en una de las principales influencias académicas en Washington. ¿Proponía Huntington un ataque occidental contra el mundo musulmán? No: el artículo apareció en 1993, dos años después del ataque conjunto contra Irak debido a la ocupación de Kuwait; 10 años después se lanzarían la invasión de Irak británico-estadounidense y la guerra global contra el terror.
Si bien la alianza militar chino-árabe a duras penas tiene visos de realidad hoy, las hipótesis de Huntington sobre una nueva guerra religiosa han sido tomadas en serio en algunos círculos desde los atentados del 11-S, debido al auge de los partidos islamistas y la nueva yihad. Este año, a los pocos días de su proclamación como califato, desde el Congreso de Washington y los think tanks se comenzó a exigir obcecadamente el ataque contra el EI (al que también se le conoce por el acrónimo árabe Daesh). No se hicieron esperar tampoco las críticas a Obama por su renuencia inicial a actuar.
¿Cuál es la razón? Las intervenciones anteriores en Oriente Próximo se habían probado fútiles y perjudiciales para ambos bandos. En efecto, EE UU ha intentado erigirse en oligarca del moderno mundo árabe islámico, librando guerras y ordenando invasiones cuyo efecto real ha sido el enrarecimiento político de una grandísima parte de los árabes de Oriente Próximo y la justificación de una venganza que tanto el pueblo como sus líderes desean ver culminada. Obama se presentó a la presidencia con la promesa de poner fin a dos guerras, un trabajo que aún no ha rematado. Ahora, no obstante, trata de responder a las mofas y crímenes mediante los cuales el EI desea arrastrar a EE UU a una venganza aún más mortífera, lo cual justificaría, a su vez, las propias acciones y ambiciones del grupo terrorista.

Una guerra en la civilización islámica
Esta es una guerra que fundamentalmente se desarrolla en el seno de la civilización islámica, por causas religiosas, ideológicas y políticas que tienen su raíz en esa misma sociedad. Se suman a dichas causas provocaciones externas que perduran en el tiempo. Solo podrá ponerse fin a esta guerra desde dentro de esa civilización.
Lo que menos hace falta es otra intervención militar extranjera. La primera de las intervenciones imperialistas posteriores a 1918, encabezada por Reino Unido y Francia, hizo añicos la unidad árabe islámica que había existido en el último periodo otomano, cuando la Sublime Puerta era una superpotencia tanto europea como mediterránea. Las potencias europeas parcelaron la región durante el periodo de entreguerras y las intentonas posteriores a la Segunda Guerra mundial de recrear el ideal visionario de la nación árabe única se vieron definitivamente frustradas.
Los intentos estadounidenses de hacer del sah su ministro plenipotenciario y de Persia su principal agente en Oriente Próximo terminaron por crear un Irán fundamentalista, el principal enemigo de EE UU en la región. Las invasiones estadounidenses contra el régimen talibán en Afganistán y el Irak suní convirtió ambos países en regímenes títeres, arruinados y corruptos. Más tarde ocurriría lo mismo en Yemen y Libia. Podría pensarse que cualquier nueva estrategia estadounidense en Oriente Próximo será universalmente tachada de locura, incluso en Washington. Todas las anteriores no han traído sino destrucción y un fervoroso odio contra EE UU en gran parte –quizá la mayor parte– del mundo islámico. Tal vez sea responsable del “nuevo califato”. Washington se ha autoproclamado otra vez líder de una nueva intervención militar, un predecible fracaso en el que decenas o cientos de miles de personas, quizá millones, podrían encontrar la muerte de prolongarse indefinidamente en el tiempo.
La monarquía saudí y EE UU, en su calidad de patrocinadores de lo que queda del Estado iraquí, se presentan como defensores del potencial sucesor de los grandes poderes suníes, a saber, el EI, proclamado nuevo Califato Islámico que exige implícitamente el derecho a poseer los santos lugares del islam.
Coaligándose con EE UU para luchar contra el recién aparecido califato, Arabia Saudí y el resto de sus socios árabes reconocen de nuevo su dependencia de un poder forastero intervencionista a la hora de defender su propia integridad. El reino saudí admite, así pues, que no tiene la capacidad de devolver al mundo árabe la unidad e integridad que poseía durante el periodo otomano, evocando a su vez la capitulación en el siglo XX ante el imperialismo y la división impuesta por las potencias europeas. Arabia Saudí no quiere ni puede restablecer la unidad del pasado, cometido al que se ha entregado en cuerpo y alma el bárbaro movimiento suní, sea cual sea el peaje a pagar por el islam como civilización.
Rara vez se leen comentarios sobre hasta qué punto las ideologías políticas laicas posteriores a la Ilustración resultaban intrínsecamente inverosímiles, incluso absurdas y contrarias al sentido común, cuando no totalmente inalcanzables o siniestras: ideas que iban desde el utópico paraíso obrero o la “revolución perpetua”, al dominio nazi del mundo y el exterminio de los racialmente distintos, pasando por el armonioso reino económico en el que el mercado se autocorrige y crece ad infinítum, la reordenación de la civilización islámica o el dominio global de los más poderosos y la opresión del resto, lo que empujaría al hombre al cultivo de sus instintos más atrasados y crueles.
Marx dijo que la historia no planteaba problemas que no fuese capaz de resolver ella misma. Supongo que llevaba razón en el sentido de que todos los problemas de la historia en última instancia se resuelven de un modo u otro. Esto, no obstante, no es excusa para la locura ni consuelo para quienes sufren sus consecuencias.

Referencia:
Política exterior: 

"Las flores y las velas están aquí para protegernos"

Una conmovedora conversación entre padre e hijo fue grabada durante una entrevista del medio francés Le Petit Journal tras los atentados de París.
Padre e hijo fueron entrevistados el sábado frente la sala de espectáculos  Bataclan, donde fueron asesinadas 89 personas, cuando iban a dejar flores en recuerdo a las víctimas
El periodista le pregunta al niño si entiende por qué los terroristas cometieron los asesinatos a lo que el niño responde: "Sí, porque son muy, muy malos", y prosigue, "los chicos malos no son agradables".
"Ahora tenemos que tener mucho cuidado porque tenemos que cambiarnos de casa", declara el niño a lo que el padre responde: "No te preocupes, no tenemos que mudarnos. Francia es nuestra casa".

En todas partes

El niño contempla a su padre e inocentemente le recuerda: "Pero hay hombres malos papá" y el padre no duda en afirmar que "hay hombres malos en todos los sitios". "Pero ellos tienen pistolas y nos pueden disparar porque son realmente malos papá", vuelve a decir el niño. "Vale ellos tienen pistolas pero nosotros tenemos flores", le responde el padre.
El niño duda: "Pero las flores no hacen nada, son para...", a lo que el padre responde: "Claro que hacen, mira todo el mundo está dejando flores, para luchar contra las pistolas". El niño contempla el altar de flores dejado en el lugar del atentado y vuelve a preguntar: "¿Son para protegernos?" ante la respuesta afirmativa del padre pregunta de nuevo: "¿Y las velas también nos protegen?"
"Las velas son para recordar a los que se fueron ayer", le contesta el padre. Visiblemente aliviado y sonriendo el niño le dice al periodista: "Las flores y las velas están aquí para protegernos" y el periodista le pregunta: "¿Te sientes mejor ahora?", "sí, me siento mejor", contesta el niño.

Referencias: 

domingo, 4 de octubre de 2015

La limpieza como un valor cultural en Japón : “Dejar todo más limpio de cuando llegamos” 「来たときよりも美しく」

Una de las cosas que mas sorprenden cuando se viaja a Japón es la extraordinaria limpieza que hay en todas partes. Resulta asombroso comprobar que en ciudades como en Tokio, una metrópolis de mas de 30 millones de personas, las estaciones de metro, o las calles, donde cada día transitan miles de personas, existe una limpieza casi inmaculada.
Después de comprobar asombrado esto, me pregunté cómo es posible lograr estos altos niveles de limpieza. La respuesta tenia que venir de que la limpieza tenia que formar parte de uno de los valores culturales de los habitantes de Japón y que, por tanto, estaba incorporado en la educación del pueblo japonés.  

Estas son las claves:

1. El concepto de limpieza es diferente


En nuestra cultura,  la limpieza se considera como una tarea que nadie la quiere hacer, un castigo, e incluso un trabajo remunerado propio de las clases sociales más bajas.
“¿Limpiar? No, eso es trabajo del que hace el aseo”,
“¿Por qué tengo que limpiar yo? ¡No es mi culpa que esté sucio!”
“No recojas eso, le estás quitando el trabajo al que limpia”
....son solo algunas frases que he escuchado varias veces.
La cultura japonesa –que suele poner mucho énfasis en la responsabilidad individual– aborda el asunto del aseo dándole más peso al hecho de limpiar un lugar que al de buscar al responsable de la suciedad.
Una consecuencia de esta cultura de limpieza que exhiben los japoneses, es la aplicación del modelo de 5S de limpieza que plantea la empresa Toyota con el fin mantener sus oficinas y los alrededores limpios. Este modelo se basa en los siguientes principios: 
整理 Seiri : Clasificación. Separar lo innecesario
整頓 Seiton: Orden. Situar lo Necesario: 
掃除 Souji: Limpieza. Suprimir la suciedad
清潔 Seiketsu: Encontrar suciedad. Prevenir el desorden´
躾 Shitsuke: Disciplina:Fomentar los esfuerzos y la acción diaria de la limpieza. 
En resumen, la cultura de la limpieza se basa en el día a día, y la forma en que se piensa sobre ella.

2. La cultura de limpieza se inculca en la vida familiar.

A diferencia a muchos países, en Japón no se contrata servicio doméstico para la limpieza (únicamente las personas millonarias pueden permitírselo). Esto se debe a que el servicio es muy caro  y también porque los espacios son muy pequeños  para mantener a una persona viviendo en la misma casa. Por ende, las familias son las que asumen la limpieza de sus casas. El ama de casa es quien más cuida y se ocupa de esta labor, pero la familia entera participa en la actividad. Lo que es interesante es que hay limpiezas diarias, pero también una limpieza al término de algún acontecimiento como una reunión familiar o una fiesta. 
osojiDurante los días previos al fin de año, los japoneses dedican buenos esfuerzos a hacer una limpieza exhaustiva de sus casas; es lo que se conoce como osoji (大掃除) o ‘gran limpieza’. La razón detrás de esta gran limpieza no es simplemente la de limpiar la casa para comenzar el año en una casa limpia y ordenada, sino que evidentemente tiene un componente espiritual y metafórico: al limpiar la casa físicamente es como si se limpiase también el alma y la vida de sus habitantes y se puede comenzar así el año nuevo desde cero, purificados, limpios física y espiritualmente. 

3. La limpieza forma parte de la educación en las escuelas.

Desde primero básico hasta segundo medio (en incluso en algunas universidades), es decir, desde los 8 años de edad hasta los 16, los niños japoneses se encargan de mantener limpia su escuela. Esto incluye los baños, el patio y sus alrededores. Los estudiantes son responsables al cien por cien de qué tan limpio esté su colegio. Son los niños quienes establecen el orden en que se limpia ( podéis ver en la fotografía adjunta un plan de la limpieza en un colegio ) , así como el grado de limpieza. Es una parte importante de la enseñanza de la escuela. Puede sonar casi imposible hacerlo con los niños de hoy, pero si se comienza en el primero de básico como algo que se debe hacer, los niños entenderán y se convertirá en una rutina. 
Aqui un grafico rotativo que se usa para separar a los estudiantes en la sala para turnarse diariamente en la limpieza diaria. Lo que más se les enseña al hacer la limpieza son estos tres puntos:
  • La limpieza de tus alrededores es responsabilidad de uno mismo.

  • La limpieza de tus alrededores representa tu alma.

  • La limpieza NO es un castigo, es un deber de todos.


En definitiva, en la cultura Japonesa existe un principio básico “Dejar todo más limpio de cuando llegamos” 「来たときよりも美しく」





Referencias: 

domingo, 17 de mayo de 2015

Carta a Iñaki Rekarte

Por su tremenda carga emocional, reproduzco la carta que Silvia, la hija de Eutimio y Julia dirige abiertamente a Rekarte, el etarra asesino de sus padres, con motivo de la entrevista que el programa Salvados le hizo recientemente.Mi corazón está contigo, Silvia, y con toda tu familia. 


A un sabiendo el dolor que ello me iba a suponer, no pude evitar el pasado domingo ver la entrevista que se le hizo al asesino de mis padres. Jamás me hubiera imaginado que un medio de comunicación aupara así a alguien que ha destrozado a tantas familias por el mero hecho de decir que se arrepiente... ¿Qué país, salvo el nuestro, haría semejante barbaridad? Y todo sin avisarnos a los familiares de sus víctimas de que esto iba a ocurrir. Así, sin más, nos le hemos tenido que encontrar en la TV contando sus "hazañas" que parece ser que son dignas hasta de escribir un libro...
Eutimio y Julia junto a sus hijos: Silvia y JesúsSe atreve a decir que se arrepiente, que nos pide perdón. ¿A quién? ¿Cómo? ¿Así, por televisión? No, perdonen, pero no... A mí, este tipo nunca jamás ha intentado pedirme perdón. Y yo me pregunto: si algún día lo intentara, ¿cómo sería? "Hola, Silvia. Mira, quería pedirte perdón por haber matado a tus padres en lo mejor de sus vidas y por haberos dejado a tu hermano y a ti indefensos ante la vida. Y no sólo durante los 20 años que yo pasé en la cárcel, no, sino para toda vuestra existencia". Claro, visto así, la verdad que es un poco complicado lo de pedir perdón. Es más fácil escribir un libro y que te lleven por las televisiones como si de un héroe se tratara porque, claro, con 19 años eras tan joven que no sabías lo que hacías.
Pues mira, te voy a contar una cosa. Al poco de que mataras a mis padres, un periodista me preguntó si me gustaría la pena de muerte para vosotros. Supongo que, siendo casi una niña y con el sufrimiento tan insoportable que estábamos padeciendo, esperaba que le contestara que sí. Y no fue así. Le dije que sólo deseaba que te pudrieras en la cárcel acordándote de mis padres durante cada uno de los días que vivieras...


...Pero cuál es mi sorpresa, 23 años después, cuando escucho que te preguntan por sus nombres ¡y ni los sabes! Yo tengo el tuyo grabado a fuego desde el 19 de febrero d e 1992...

...Por un momento trato de ponerme en tu lugar y, si yo hubiera matado a tus hijos y verdaderamente estuviera arrepentida, no sólo sabría sus nombres, me habría interesado por saber qué fue de vuestras vidas y en qué podría ayudar. Pero claro, tú y yo no tenemos nada que ver. Yo jamás habría podido arrebatarte lo que más quieres en tu vida. Ni a ti, ni a nadie...


...Pues bien. Visto que en 23 años no te has molestado en saber sus nombres,te los voy a decir yo: Eutimio y Julia. En nuestra casa, Papá y Mamá...

...Aquel miércoles a las 20 horas, mientras tú decidías si sacar el mando o no, ellos tenían 42 y 43 años. Los mismos que tú ahora, ¿verdad? Mi padre había ido a recoger a mi madre a su trabajo y regresaban a casa para reunirse con sus hijos: con mi hermano Jesús, que dos días antes había cumplido 16 años, y conmigo, Silvia, un poco mayor que él. Éramos demasiado jóvenes para quedarnos solos. Aunque, la verdad, no creo que exista una edad apropiada para ello... Yo llegué a mi casa y me extrañó no ver luz en la cocina. A los cinco minutos sonó el timbre. Era una vecina que, con los ojos llorosos, me pidió que fuera a su casa. Allí estaba mi hermano que, desconcertado por el revuelo y la presencia de la policía, me preguntaba a mí qué era lo que estaba pasando. Pero yo estaba igual de perdida que él. Nos llevaron al hospital donde, finalmente, nos dieron la terrible noticia. El mundo se abrió bajo nuestros pies. ¿Cómo podía ser cierto aquello? Jamás volveríamos a verles, a sentir sus abrazos ni a reír juntos... "¿Quién cuidará de nosotros?", me preguntaba mi hermano sintiéndose más niño que nunca. Recuerdo intentar tranquilizarle diciéndole que no se preocupara, que yo cuidaría de él. "El lunes volveremos a casa y verás como yo puedo hacerlo", le dije... ¡¡¡Pero si aún era una niña yo también!!! Recuerdo el silencio tan horroroso que se sentía en casa sin ellos, y el impacto que me causó ver la cena que mi madre había dejado preparada el día en que tú, Iñaki Rekarte, decidiste apretar el botón. Dolor, todo era dolor... y, 23 años después, sigue siendo dolor.
También recuerdo tu detención, estabas acogido en casa de un sacerdote, tremendo sinvergüenza...


...Quise ir al juicio para poner cara a los asesinos de mis padres. tú saliste con el pañuelo de los sanfermines, me miraste, levantaste la mano y gritaste "¡Gora eta!"...

...Y así de vuelta a casa. No le contaba nada de esto a mi hermano, tratando así de evitarle más sufrimiento... Es así como comenzó nuestra nueva vida, una cuesta arriba demasiado dura como para tonterías. Nos has privado de muchos besos, abrazos, Navidades y cumpleaños... Nos has privado de muchas alegrías y también de muchos momentos de pena que sólo pueden ser aliviados por el abrazo cálido y reconfortante de unos padres. Nos has privado de mucha vida... Y no sólo a nosotros. También a sus propios padres, hermanos y ahora nietos. Sí, porque yo, al igual que tú, tengo hijos y también tengo que explicarles las cosas. Y créeme que, si a los mayores nos cuesta, es difícil que unos niños entiendan que el malo no está en la cárcel, sino en un plató de televisión... ¡Qué país éste el nuestro..!


... ¿Y dices que has cumplido tu condena? sí, claro. da gracias a que vives en el paísque vives. Léete la sentencia. Yo lo he hecho varias veces. Espero que la hayas adjuntado en tu libro...

...Ni con tres vidas que vivieras, cumplirías tu condena.
¿Y qué hay de las indemnizaciones que el Estado pagó por ti..?


...Me gustaría pensar que el dinero que recaudes gracias al relato del asesinato de mis padres y del resto de tus víctimas vaya íntegro a las arcas del estado...

...Eso sí podría interpretarlo como un gesto cercano al arrepentimiento.
Tienes una vida completa: has tenido hijos, supongo que habrás plantado un árbol, ahora has escrito un libro y, además, has matado a cuatro personas y herido a muchas más, destrozando así la vida de demasiadas familias...
Serás un ex etarra, pero siempre serás un asesino.
Y aun así, yo no te deseo ningún mal. Espero que vivas todo lo que puedas en compañía de tus seres queridos. Tú, Iñaki, que puedes disfrutar de esta segunda oportunidad que, como bien dices, te ha dado la vida. Pero, por favor, sólo te pido que nos evites el tener que verte y oírte más... pues duele demasiado.
Si a mí me condenaste a hacerlo en el silencio de mi casa, hazlo tú en el silencio de la tuya.