viernes, 23 de septiembre de 2016

Cómo cambia la vida tras la muerte de los padres

“Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.”
-Gabriel García Márquez-


Después de la muerte de los padres, la vida cambia mucho. O quizás, muchísimo. Enfrentar la orfandad, incluso para personas adultas, es una experiencia abrumadora. En el fondo de todas las personas siempre sigue viviendo ese niño que siempre puede acudir a la madre o al padre para sentirse protegido. Pero cuando se van, esa opción desaparece para siempre.

Vas a dejar de verlos, no una semana, ni un mes, sino el resto de la vida. Los padres fueron las personas que nos trajeron al mundo y con quienes se compartiste lo más íntimo y frágil. Ya no estarán aquellos seres por los que, en gran medida, llegamos a ser lo que somos.

La muerte: de hablar de ella a vivirla, un gran abismo…

Nunca estamos del todo preparados para enfrentar la muerte, más aún si se trata de la de uno de nuestros padres. Es una gran adversidad que difícilmente se llega a superar totalmente. Normalmente lo máximo que se consigue es a asumirla y a convivir con ella. Para superarla, al menos en teoría, tendríamos que entenderla y la muerte, en sentido estricto, es del todo incomprensible. Es uno de los grandes misterios de la existencia.
Cómo cambia la vida tras la muerte de los padres
Obviamente, el modo en el que integremos las pérdidas va a tener mucho que ver con la manera en la que se hayan producido. Una muerte de las llamadas “por causas naturales” es dolorosa, pero lo es más un accidente o un asesinato. Si la muerte fue precedida por una larga enfermedad, la situación es muy distinta a cuando se produjo de manera súbita.

También incide la diferencia en tiempo entre la muerte del uno y el otro: si ha pasado poco tiempo, el duelo será más complejo. Si, en cambio, el lapso es más extenso, seguramente estaremos un poco mejor preparados para aceptarlo.

Realmente no sólo se va un cuerpo, sino todo un universo. Un mundo hecho de palabras, de caricias, de gestos. Inclusive, de reiterativos consejos que a veces hartaban un poco y de“manías” que nos hacían sonreír o frotarnos la cabeza porque les reconocemos en ellas. Ahora comienzan a extrañarse de un modo inverosímil.

La muerte no avisa. Puede presumirse, pero nunca anuncia exactamente cuándo va a llegar. Todo se sintetiza en un instante y ese instante es categórico y determinante: irreversible. Tantas experiencias vividas al lado de ellos, buenas y malas, se estremecen de repente y quedan sumidas en recuerdos. El ciclo se cumplió y es momento de decir adiós.

“Lo que está, sin estar”…

Pensamos, por lo general, que nunca va a llegar ese día, hasta que llega y se hace real. Nos quedamos en shock y solamente vemos una caja, con un cuerpo rígido y quieto, que no habla ni se mueve. Que está ahí, sin estar ahí…


hombre mirando el firmamentoPorque con la muerte comienzan a entenderse muchos aspectos de las vidas de las personas fallecidas. Aparece una comprensión más profunda. Quizás, el hecho de no tener presente a las personas queridas suscita en nosotros el entendimiento sobre el porqué de muchas actitudes hasta entonces incomprensibles, contradictorias o incluso repulsivas.

Por eso, la muerte puede traer consigo un sentimiento de culpa frente a quien murió. Es necesario luchar contra ese sentimiento, ya que no aporta nada, sino que te hunde más en la tristeza, sin poder remediarla. ¿Para qué culparse si uno cometió errores? Somos seres humanos y acompañando a esa despedida tiene que existir un perdón: del que se va hacia el que se queda o del que se queda hacia el que se marcha.

campo de girasoles representando la tristeza por la pérdida de los padres

Disfrútalos mientras puedas: no van a estar para siempre…

Cuando mueren los padres, con independencia de la edad, las personas suelen experimentar un sentimiento de abandono. Es una muerte diferente a las demás. A su vez, algunas personas se niegan a darle importancia como mecanismo de defensa, en forma de una negación encubierta. Pero esos duelos no resueltos retornan en forma de enfermedad, de fatiga, de irritabilidad o síntomas de depresión.

abuela y nieta
Los padres son el primer amor. No importa cuántos conflictos o diferencias se hayan tenido con ellos: son seres únicos e irreemplazables en el mundo emocional. Aunque seamos autónomos e independientes, aunque nuestra relación con ellos haya sido tortuosa. Cuando ya no están, se experimenta su falta como un “nunca más” de una figura de protección y de apoyo que, de uno u otro modo, siempre estuvo ahí.


De hecho, quienes no conocieron a sus padres, o se alejaron de ellos a temprana edad, suelen cargar toda su vida con esas ausencias como un lastre. Una ausencia que es presencia: queda en el corazón un lugar que siempre los reclama.

De cualquier modo, una de las grandes pérdidas en la vida es la de los padres. Puede ser difícil de superar si hubo injusticia o negligencia en el trato hacia ellos. Por eso, mientras estén vivos, es importante hacer conciencia de que los padres no van a estar ahí para siempre. De que son, genética y psicológicamente, la realidad que nos dio origen. Que son únicos y que la vida cambiará para siempre cuando se vayan.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

7 reglas de oro para vivir en pareja

El  amor en pareja tiene un alto porcentaje de artesanía psicológica. Pero hay una base que no debemos olvidar: para estar bien con alguien, hace falta estar primero bien con uno mismo. Tener cierto equilibrio psicológico.

Un apunte: los mitos de la palabra amor distorsionan la realidad. En el imaginario colectivo ese término está lleno de promesas y se le exalta de tal manera, que se olvida que el amor es un trabajo, una tarea a la que hay que nutrir de muy diversas maneras.
Para estar bien con alguien, hace falta estar primero bien con uno mismo
Para estar bien con alguien, hace falta estar primero bien con uno mismo. Foto: Pixabay
Enamorarse es decirle a alguien "no entiendo la vida sin vos". Sos parte fundamental de mi proyecto. Enamorarse es tener hipotecada la cabeza y necesitar a esa persona. Es crear una mitología privada. Lo diría de otra manera más descriptiva: el enamoramiento consiste en abrir la intimidad a alguien, enseñarle nuestra vida y milagros.y al mismo tiempo, que el otro te abra sus puertas. Dos universos, dos historias se entrecruzan. Encontrarse a si mismo fuera de si mismo. El amor es la poesía de los sentidos, la inteligencia es la nitidez de la razón. Porque cuando el amor llega puede ser ciego, pero cuando se va es muy lúcido. En ese espacio se cuela mi artículo. Voy a exponer lo que para mÍ es la alquimia del amor.
Quiero ir pasando por cada uno de estas reglas que propongo:

1. El amor hay que trabajarlo a base de detalles pequeños positivos

Lo pequeño nunca es banal ni insignificante, sino al contrario, tiene un enorme valor, porque hace la vida amable, llevadera. En la psicología moderna se le llama a esto "intercambio de conductas gratificantes", que refuerzan ese amor. Cuidar esos pormenores hace que el amor no tenga fecha de caducidad. Y por el contrario, el descuido sistemático de las cosas menudas en el amor, lleva a un cierto abandono, que a la larga es su ruina. Y entra el enemigo mortal, que se lo lleva todo por delante: la rutina.
De aquí se desprenden tres hechos claves para mantenerse enamorado: admiración, respeto y complicidad. Lo pequeño se hace grande.

2. No sacar la lista de agravios del pasado

Este principio es importante. Poner todos los medios para no traer a primer plano el repertorio de reproches, ese inventario de anécdotas negativas que en momentos de tensión, asoma, pide paso y tiene un efecto destructivo, demoledor. Esa colección de recuerdos malos hay que tenerla encerrada en un cajón bajo llave. El que controla su lengua, se controla en un noventa por ciento. Porque el gobierno más importante, es el gobierno de uno mismo. Sabiendo que la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Ser capaz de superar las heridas el pasado significa buena inteligencia emocional. El amor se perfecciona con el perdón. Perdonar y olvidar, es perdonar dos veces.

Ser capaz de superar las heridas el pasado significa buena inteligencia emocional. El amor se perfecciona con el perdón

3. Evitar discusiones innecesarias

En las parejas que funcionan bien, casi no se discute. Se han aprendido unas reglas, mediante las cuales se sabe cuándo uno entra por un vericueto peligroso, que consiste en enzarzarse en un debate que no conduce a ningún lugar positivo.

En esos desacuerdos se dicen cosas fuertes y muchas veces las discrepancias no son importantes, pero se produce un enganche en donde la obstinación aparece y se produce una competición dialéctica, en donde aparecen cosas de ahora y otras de atrás e incluso heridas ya cerradas. Rara vez de una fuerte discusión sale la verdad, pues suele servir más de desahogo y catarsis: quejas, acusaciones, agresiones verbales y por esa rampa deslizante se termina en un avispero de críticas recíprocas en el que la razón deja paso a la pasión y a la larga, no se olvidan esas palabras duras. Dejan una huella dolorosa y un sabor a derrota.

4. Esforzarse por ir consiguiendo habilidades en la comunicación interpersonal

Aprender a dialogar con respeto y eficacia. Este es un terreno que hay que cultivar con esmero. Me abro paso entre masas de pensamientos, intentando espigar lo esencial de este apartado: cuidar el lenguaje verbal (la magia de las palabras y sus efectos), el lenguaje no verbal (gestos, ademanes, silencios, etc.) y el lenguaje subliminal (que se camufla entre los dos anteriores).

Aprender a darle a las cosas que pasan la importancia que realmente tienen (de la propia pareja, de los hijos y de sus circunstancias). Se trata de una especie de justeza de juicio, que lleva a valorar los hechos en una cierta justa medida. Y por supuesto, a aprender a remontar el típico día o momento malo.pasarlo cuanto antes por alto y no registrarlo. Y no hablar nunca de separación; nunca es nunca (ni como amenaza ni como desahogo).

También, saber tener el don de la oportunidad, para plantear un problema o algo complicado, buscando el momento más adecuado. El amor es arte y oficio, corazón y cabeza, saber combinar de forma armónica los instrumentos de la razón y las herramientas de la afectividad, a la vez. No conozco nada más complejo que la convivencia en pareja, no hay nada (en mi opinión) que tenga tantas vertientes, matices y laderas, en donde uno puede resbalar y tener problemas o roces o enfrentamientos. Por eso hay que estar bien preparado. Una buena formación hace que el edificio matrimonial no se tambalee.

5. Haber sabido alcanzar una sexualidad positiva

La sexualidad es el lenguaje del amor comprometido. Y es un idioma íntimo que requiere encontrar sus claves, para que ambos sepan disfrutar de esa gramática misteriosa y concreta. Es la parte física del amor.

Cantidad y calidad o lo que es lo mismo, frecuencia e intensidad. La sexualidad es un termómetro que mide muchos ingredientes de la vida conyugal: hay comunicación, hay un proyecto de vida en común, capacidad para superar las dificultades de la vida ordinaria, la alegría de sacar adelante a la familia.y un crecimiento equilibrado de los dos con el paso de los años. Todo eso y más se refleja, de alguna manera aquí. Las relaciones íntimas desempeñan un papel muy importante y el hecho de que funcionen bien es fruto de aprendizajes sucesivos, de acuerdos y acercamientos. Es la entrega total. Se trata de integrar la sexualidad a ese programa en común. Es una gran sinfonía con cuatro grandes partituras: física, psicológica, cultural y espiritual. Todo junto sumado y a la vez. La ternura es el ungüento del amor.

6. Saber que el amor maduro consiste en un tríptico esencial hecho de voluntad, inteligencia y sentimientos

Un punto que es fundamento de todo el edificio. Me explico. Uno de los grandes errores de la psicología del siglo XX ha sido pensar que el amor es sobre todo un sentimiento y éste va y viene y es difícil apresarlo, fijarlo, centrarlo. ¡Qué equivocación tan seria! El amor verdadero es un acto de la voluntad, que significa la determinación de trabajar el amor elegido, poniendo todos los medios a nuestro alcance. En los amores inmaduros, la voluntad brilla por su ausencia y todo está al pairo de los vientos exteriores.

Además, el amor es un acto de la inteligencia, lo que quiere decir en lenguaje coloquial, saber llevar a esa persona, utilizando la cabeza y la experiencia, pero sin que pierda esa relación frescura y lozanía. Fijarse, tomar nota, aprender de circunstancias complicadas a evitar caminos inadecuados o meterse en complicaciones absurdas.
El amor verdadero es un acto de la voluntad, que significa la determinación de trabajar el amor elegido.
La tercera nota: el amor es de entrada un sentimiento fuerte, de atracción física y psicológica. Los sentimientos son perfectibles y defectibles. Lo que quiere decir que si uno se afana en mantenerlos y pone esfuerzos repetidos en positivo, se mejoran. Y por el contrario, si se les descuida y abandonan, va a peor y aparece antes o después el desamor.

Trilogía fuerte, consistente, sólida, cada uno con su propio ámbito, pero se adentra en el espacio del otro: voluntad, inteligencia y sentimiento. La obra bien hecha permanecerá: hacer de nuestro amor una obra lograda.

7. Para que una pareja marche bien es necesario compartir una espiritualidad vivida

Se mezclan aquí lo natural y lo sobrenatural, lo físico y lo metafísico, lo horizontal y lo vertical. En una palabra: lo humano y lo divino. Se trata de una filosofía común, un sentido de la vida fuerte, que a la larga va a ser cemento de unión de esa pareja ante los avatares de la vida. Cada uno debe encontrar aquí las mejores respuestas. La mujer hace más humano al hombre y también lo hace más espiritual. Esto tiene muchas ramificaciones. Dice un poeta español del siglo de oro: "volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance". La cultura y la espiritualidad son la estética de la existencia.

En este artículo no regalo los oídos a nadie. El mejor amor es exigente y lo pide todo. Estos 7 puntos son una pedagogía del amor hecha con materiales resistentes, firmes, compactos. No hay amor sin cultura.

El Dr. Enrique Rojas es catedrático de Psiquiatría. CDO. Nº 24.864
http://www.lanacion.com.ar/1902045-7-reglas-de-oro-para-vivir-en-pareja#top

Life little instruction book

Jackson Brown es un padre preocupado por la felicidad de su hijo y por ello le escribió estos “consejos” cuando este se fue a estudiar a la Universidad, lejos de su casa.
Su hijo decidió fotocopiarlos y los distribuyó entre sus compañeros. Los mensajes tuvieron tanto éxito, que una editorial le pidió autorización a Brown para editar un libro con ellos, Life's Little Instruction Book, una publicación que rápidamente se convirtió en un best seller traducido a varios idiomas. He aquí los consejos.

Hijo:
• Cásate con la persona correcta. De ésta decisión dependerá el 90% de tu felicidad o tu miseria.
• Observa el amanecer por lo menos una vez al año.
• Estrecha la mano con firmeza, y mira a la gente de frente a los ojos.
• Ten un buen equipo de música.
• Elige a un socio de la misma manera que elegirías a un compañero de tenis: busca que sea fuerte donde tú eres débil y viceversa.
• Desconfía de los fanfarrones: nadie alardea de lo que le sobra.
• Recuerda los cumpleaños de la gente que te importa.
• Evita a las personas negativas; siempre tienen un problema para cada solución.
• Maneja coches que no sean muy caros, pero date el gusto de tener una buena casa.
• Nunca existe una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión.
• No hagas comentarios sobre el peso de una persona, ni le digas a alguien que está perdiendo el pelo. Ya lo sabe.
• Recuerda que se logra más de las personas por medio del estímulo que del reproche (dile al débil que es fuerte y lo verás hacer fuerza).
• Nunca amenaces si no estás dispuesto a cumplir.
• Muestra respeto extra por las personas que hacen el trabajo más pesado.
• Haz lo que creas que sea correcto, sin importar lo que otros piensen.
• Dale una mano a tu hijo cada vez que tengas la oportunidad. Llegará el momento en que ya no te dejará hacerlo.
• Aprende a mirar a la gente desde sus sandalias y no desde las tuyas.
• Ubica tus pretensiones en el marco de tus posibilidades.
• Recuerda el viejo proverbio: sin deudas, no hay peligros ni problemas.
• No hay nada más difícil que responder a las preguntas de los necios.
• Aprende a compartir con los demás y descubre la alegría de ser útil a tu prójimo. El que no vive para servir, no sirve para vivir.
• Acude a tus compromisos a tiempo. La puntualidad es el respeto por el tiempo ajeno.
• Confía en la gente, pero cierra tu coche con llave.
• Recuerda que el gran amor y el gran desafío incluyen también 'el gran riesgo'.
• Nunca confundas riqueza con éxito.
• No pierdas nunca el sentido del humor y aprende a reírte de tus propios defectos.
• No esperes que otro sepa lo que quieres si no lo dices.
• Aunque tengas una posición holgada, haz que tus hijos paguen parte de sus estudios.
• Haz dos copias de las fotos que saques y envíalas a las personas que aparezcan en las fotos.
• Trata a tus empleados con el mismo respeto con que tratas a tus clientes.
• No olvides que el silencio es a veces la mejor respuesta.
• No deseches una buena idea porque no te gusta de quien viene.
• Nunca compres un colchón barato: nos pasamos la tercera parte nuestra vida encima de él.
• No confundas confort con felicidad.
• Nunca compres nada eléctrico en una feria artesanal.
• Escucha el doble de lo que hablas (por eso tenemos dos oídos y una sola boca).
• Cuando necesites un consejo profesional, pídelo a profesionales y no a amigos.
• Aprende a distinguir quiénes son tus amigos y quiénes son tus enemigos.
• Nunca envidies: la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.
• Recuerda que la felicidad no es una meta sino un camino: disfruta mientras lo recorres.
• Si no quieres sentirte frustrado, no te pongas metas imposibles.
• La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Citas que inspiran

Sobre el aprendizaje y la experiencia:
  • "Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí.". Confucio.
  • "Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo." Benjamin Franklin.
  • "Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro". Confucio 

Sobre la sabiduría
  • "Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio"  Proverbio hindú
  • "La primera virtud es frenar la lengua, y es casi un dios quien teniendo razón sabe callarse". Catón de Útica 
  • "Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir". Johann Kaspar Lavater 

Sobre el dinero y la riqueza:
  • "El camino hacía la riqueza depende fundamentalmente de dos palabras: trabajo y ahorro".  Benjamín Franklin
  • " No gastes tu dinero antes de ganarlo ". Thomas Jefferson  
  • "¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia".  Epicuro de Samos.
  •  "Maneja coches que no sean muy caros, pero date el gusto de tener una buena casa".  

Sobre la frustración y el desánimo:
  • " Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad "  Confucio
  • "Hay que tener fe en uno mismo. Ahí reside el secreto. Aun cuando estaba en el orfanato y recorría las calles buscando qué comer para vivir, incluso entonces, me consideraba el actor más grande del mundo. Sin la absoluta confianza en sí mismo, uno está destinado al fracaso."   Charles Chaplin.

Sobre la humanidad y el comportamiento con los demás
  • “Sé exigente contigo mismo e indulgente con los demás, alejarás los resentimientos”. Confucio. Libro XV-14.
  •  "Estrecha la mano con firmeza, y mira a la gente de frente a los ojos". 
  • "Recuerda el nombre y los cumpleaños de la gente que te importa ".
  • "Aprende a compartir con los demás y descubre la alegría de ser útil a tu prójimo. El que no vive para servir, no sirve para vivir ".
Sobre la educación de los hijos 
  • "No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita; y soporta luego la ingratitud".    Miguel de Unamuno.
  • "Aunque tengas una posición holgada, haz que tus hijos paguen parte de sus estudios". 
Sobre la felicidad y el equilibrio en la vida
  • "Cásate con la persona correcta. De ésta decisión dependerá el 90% de tu felicidad o tu miseria".

Miscelaneos 





sábado, 20 de agosto de 2016

Omran Daqneesh, el niño de la ambulancia

El rostro de Omran Daqneesh, ensangrentado y polvoriento como la Siria actual, dio ayer la vuelta al mundo por el efecto viral de las redes sociales. Bautizado como el niño de la ambulancia, su historia de cinco años de edad está ligada a la guerra porque en Alepo, donde sobrevive, no ha conocido otra cosa.

 En el vídeo proporcionado por el Aleppo Media Center -un grupo de activistas contrarios al régimen de Bashar Asad- se ve cómo los rescatadores sacan a Omran, conmocionado, de entre los cascotes de su casa, en el barrio de Qaterji, junto a sus cuatro hermanos. Omran, sentado dentro de la ambulancia, mira sus manos, manchadas con su propia sangre e intenta limpiarse en los pantalones cortos. Su expresión vacía, en shock, sólo se transforma cuando ve a sus padres en el hospital. Horas después, otra imagen lo mostraba vendado y tumbado en una camilla. Fue uno de los 12 niños ingresados anoche en un hospital del norte de Alepo.

El reportero que aparece en el vídeo (autor también de la fotografía), Mahmud Rslan, comentaba ayer a Afp: «He tomado muchas fotos de niños muertos o heridos por los bombardeos, lo que ocurre cotidianamente» en la parte rebelde de Alepo, «lo normal es que estén desmayados o lloren. Pero Omran estaba ahí sin voz, con la mirada perdida. Es como si no comprendiera muy bien lo que le acababa de suceder».



lunes, 13 de junio de 2016

"Cris es como debería ser Dios"

Cris tiene 36 años, un biberón de batido rosa y unas manos pequeñas. Es uno de los 120.000 paralíticos cerebrales que hay en España.

El padre le habla al hijo como si éste le estuviera entendiendo todo. El padre le pregunta como si el chaval -en cualquier momento, ¿te imaginas la fiesta?- le fuera a responder cuatro frescas. El padre le cuenta noticias de los sobrinos Andrés y Pablo como si Cris supiera quiénes son Andrés y Pablo. El padre trata de estrecharlo contra sí mismo como si este manoteo desmadejado de Cris fuera un abrazo intencionado.

Cuando uno tiene un hijo con una parálisis cerebral -cuenta el padre-, "hay que vivir como si".

Esta historia tiene 36 años -los que tiene Cris-, pero comenzó a escribirse hace tres. Un poco en trance y en vigilia. Un poco a pesar de uno mismo. Un poco a quemarropa. Todas las cursivas que van a leer a continuación -si es que están dispuestos a leer un alegato oscuro- están sacadas del libro Cómo explicarte el mundo, Cris (La Esfera de los Libros). El resto salió de una tarde que pasamos con Cristóbal y su padre, el periodista Andrés Aberasturi. Que tiene una dilatada carrera profesional. Que tiene varios premios. Que tiene algunos poemarios, sí. Y que también un hijo con parálisis cerebral.

-Hay algo que sí que sabemos hacer bien mi hijo y yo.
-Dinos.
-Chocar las manos como los americanos. Mira.
Y las chocan. Plas.

Las manos. Las del hijo: blancas, húmedas y pequeñas. Que no necesitan ni una sola sesión de quiromancia porque se leen solas.
"Las manos de mi hijo no empuñarán banderas ni fusiles, ni moldearán el barro, ni escribirán sonetos. Pero las manos de mi hijo nunca harán daño".
(...)

"Ayer tu madre, sin venir a cuento, ha comentado casi de pasada, con un dolor sencillo, que una de las cosas que más echa de menos es no haber podido llevarte nunca de la mano".

El día en que nació, Cristóbal Aberasturi Páez lo hizo sin diagnóstico y sin paladar, y al poco le tuvieron que fijar la lengua con puntos para que no se la tragara. El padre aún recuerda aquella boca amoratada y rota, "deformada por las pinzas que debieron usar para operarle"; aquella cabeza pinchada.
Los padres preguntaban y preguntaban y preguntaban por aquella lengua imposible. Y entonces hubo un médico cabrón que les reprendió por tanta pregunta.
-¿Pero acaso va a hablar su hijo?.

El periodista nos cuenta que aquella UCI de Neonatología era "un cuadro de El Bosco". Y enumera las escenas del retablo. "Bebés del tamaño de un puño entubados", "trocitos de carne palpitante", "cuerpitos mutilados", "niñitos transparentes como hojas de sándalo", "trasplantados de urgencia", "niños ya condenados"...
"Hay un silencio raro en Neonatología. Allí la gente no nos hablábamos, como una forma de respeto a los otros padres, como una forma de no querer saber". Lupe hacía algo hermosamente extraño cada vez que se acercaba a darle el biberón al hijo. Todas las mañanas, antes de acudir a Neonatología, la madre se pintaba. Los labios. Los ojos. Las mejillas. Para que la viera guapa el hijo que no miraba.(...)

"Cuánto habréis aprendido con él' [te dicen]. Tan solo el enunciado me parece grotesco, radicalmente cruel (...). Renuncio y maldigo a cualquier experiencia positiva nacida de tu sufrimiento".
A los tres meses se fueron con la lengua en su sitio, pero con el diagnóstico en ninguna parte.
Cristóbal es Cris. Que tiene un hermano de 40 años que se tumba con él en el suelo para las siestas de verano. Que siempre se anda chupando la mano. Que de bebé "no conoció otra cosa que putadas, cada vez que alguien se le acercaba era para inyectarle, para abrirle la boca, para hacerle daño...".

En el Centro de Paralíticos Cerebrales El Despertar hay 57 residentes, una quietud de astillero y una atmósfera de pabellón de reposo.
Cris es una de las 120.000 personas con parálisis cerebral que hay en España. Una persona irrepetible. Un tipo insólito.
A Cris le gusta la piscina, levantar las piernas cuando está tumbado, vivir a su aire "como un gato".
A Cris no le gusta la ducha, que le mojen la cabeza, el aliento del secador en el pelo.
-¿Crees en Dios?
-Creo que Dios es él. Mi hijo es como debería ser Dios. Aunque yo no querría que fuera Dios, claro... Yo querría que llegara a las cuatro de madrugada hasta arriba, como los otros, con una copa de más.(...)

"No había flores, Cris. No había ramos de flores ni cajas de bombones ni ese revuelo tan alegremente perturbador de las visitas. Tu llegada al mundo apenas se celebró".
Andrés Aberasturi no lloró con el primer desamor. No soltó una lágrima con la primera pelea o aquel traspiés profesional. Tampoco lo hizo cuando murieron sus padres. Sí lo hizo cuando el hijo se le moría después de todo.
"Le operaron de la cadera y tuvo una infección generalizada en todo el cuerpo. En casa veíamos que no iba bien. Las heridas no le cerraban. Los ojos se le empezaban a hundir. La doctora nos puso en una tesitura: o volvemos a intentarlo de este modo [más dolor, más sondas] o le dejamos que se vaya tranquilamente. Decidí que haríamos lo que dijera su madre. Es la que tenía todo el derecho a decidir. Ella y su hermano dijeron que por supuesto había que intentarlo. La verdad, la puta verdad, es que yo habría dicho que le dejaran tranquilo".

Escribe en el libro: "Lloraba por primera vez, lloraba sobre tu cuerpo dormido, lloraba sobre aquel brazo casi inmóvil a fuerza de vendajes para que no te quitaras la vía hacia tus venas, lloraba como nunca había llorado (...); y mirándote a los ojos solo te murmuraba: 'Perdóname, perdóname, perdóname...'".
(...)

"Ni tan siquiera puedo ponerte un tono de voz, soñar una palabra tuya articulada, un sonido que no sea el sonido de tu risa o de tu angustia, que no sea el sonido de tu mundo de sonidos, pequeño, conocido, comprensible. ¿Te imaginas una palabra tuya?"
-Tu hermano no va a andar -le dijo un día al mayor (que era pequeño).
-Da igual, papá. Ande o no ande, le vamos a querer igual.
Si pudiera hacerlo aquí y ahora, Andrés se pondría a fumar mientras nos cuenta todo esto. Se encendería otro cigarro a pesar de su enfermedad pulmonar crónica. Pero estamos en la residencia. En una sala que nos han dejado. Y Cris tiene media mano metida en la boca y odia el humo.
Los pulmones. Como espoletas. Hubo una vez en que una neumonía casi se le lleva al hijo. Es de esas ocasiones en que los padres tuvieron un miedo glacial y cansado. "Le ponías la mascarilla y se la arrancaba. En medio de la crisis, le agarré muy fuerte. Él también. Aquello no le iba a dar oxígeno, era una abrazo animal, lo más parecido a lo que haría un orangután. Un abrazo entre su angustia y mi miedo".
(...)

"Entonces te planteas la gran decisión de la residencia (...). Para muchos es tirar la toalla, rendirse (...). Para otros es aún peor: se trata de quitarnos el problema de encima, una forma disimulada de abandono, de olvido (...) ¿Qué estamos haciendo, Cris, hijo mío? ¿Por qué no te seguimos teniendo con nosotros? ¿Nos estamos inventando coartadas para liberarnos la conciencia? Para decirlo claramente: ¿Somos culpables y te abandonamos?"

Desde la vivienda familiar de Cris hasta El Despertar hay 40 minutos en coche. Vienen sus padres. Y el hermano. O los tíos.
Cuando Cris vivía todavía en casa -hará una década-, se iban de vacaciones los cuatro en un Chrysler Voyager que parecía una botica con ruedas. Una familia y un mapa. Los amigos del hermano mayor, a sus 15 años, tenían que pasar el "examen" de ver a Cris con naturalidad, que a lo mejor estaba tranquilamente tumbado en el pasillo. "Este es mi hermano", les decía. En plan "es uno de los nuestros". Y allí -a la edad de la mafia con espinillas- se hacían lazos de sangre.
"Ves crecer a los chicos de su edad. Y llegan los Reyes y el tuyo no sabe quiénes son los Reyes. Y llega la comunión y él no va a hacer la comunión. Ni sabrá de la selectividad. Ni de un primer beso con la pareja... Todos esos momentos. Nunca hicimos una tragedia cara afuera. Pero es inevitable pensarlo".
Andrés acude a la residencia una vez por semana a verlo. Le habla, le toca, le explica cosas de los sobrinos. Le cuenta como si.
(...)

"¿Cuántas veces has tenido sed y no lo he sabido? ¿Cuántas noches has sentido frío y no he estado para arroparte? ¿Cuántas veces te ha dolido la cabeza sin que yo lo supiera? (...) Nunca has llorado, Cris, nunca, y cuántas veces he necesitado ese llanto tuyo, ese caudal de lágrimas y penas para acercarte a mi pecho y apalomarte".
Escribe Javier Sádaba en unas líneas introductorias que el libro de Andrés "difícilmente soporta un prólogo". "Más aún: añadir algo puede estropearlo, interponer un cuerpo extraño entre él y su hijo Cris".

Nosotros nos íbamos ya.
-¿Se va uno jodido de aquí?
-Esa es la gran contradicción. Cuando te vas de la residencia, su estado es un alivio. Sé que no me echa de menos, que no sufre porque me vaya, no me castiga por ello, no me lo recrimina... Te da cierta tranquilidad egoísta... Lo que yo daría por haberle escuchado una sola palabra. Una sola... Y que esa palabra fuera mama

viernes, 29 de abril de 2016

Nadie quiere a los filósofos



La crisis por la que atraviesan los estudios de humanidades no solo en España, sino en el mundo entero, era perfectamente previsible desde los albores de la revolución industrial. Lo que se fundó en la Grecia clásica —el amor por el saber— y se mantuvo en Roma —la alabanza del ocio y el menosprecio del negocio—; aquello que las órdenes monásticas conservaron durante la Edad Media; aquello que resurgió con una insólita pujanza durante el Renacimiento europeo, luego durante la Ilustración y en buena medida en las universidades del siglo XIX siguiendo el ejemplo de la reforma universitaria de Humboldt en Berlín, todo eso empezó a librar ya a mediados de ese mismo siglo una batalla muy dura contra un enemigo de potencia no solo no prevista, sino también incalculable. El hombre de estudio, la mujer de artes o letras, vieron, a lo largo del gran siglo de la burguesía y de todo el siglo XX cómo la legitimidad de su quehacer quedaba mermada y amenazada a causa del desarrollo de la ciencia, la industria, el comercio y la técnica.
Nadie quiere a los filósofosEn 1872, Flaubert lamentaba el desequilibrio que un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia exhibía entre algo tan elemental como el deporte —que ya no tenía en Europa el destino agónico que había tenido en Grecia o Roma— y la enseñanza de la literatura, de la que apenas se hablaba. Con mayor énfasis, escribió lo siguiente sobre el mismo asunto: "Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado por las gilipolleces cardinales que gobiernan a los seres humanos. Eso es algo nuevo; por lo menos en el grado en que se produce. Las ganas de alcanzar el éxito, la necesidad de triunfar a toda costa —debido al provecho económico que se obtiene— le ha minado a la literatura la moral hasta tal punto que la gente se está volviendo idiota".
Él, como tantos otros autores que empezaron entonces a reflexionar sobre el descrédito progresivo de las humanidades, no poseía distancia suficiente respecto a las causas de tal descalabro. Hoy sí la tenemos. Al auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos 30 años por lo menos, un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el auge de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto a la sombra de Heidegger o de Jaspers no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de esas brillantes tecnologías y los ingenios digitales irrumpieron progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico-científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución. Estamos ya, propiamente, en lo que ha venido en denominarse la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en la era en la que el ente, el ser, no es más que un flatus vocis: una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que se otorgaba a Dios o a la muerte.
Esto nos lleva a analizar otros factores, no menudos, del descrédito de las humanidades en las universidades de España y de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, de los que los jóvenes no pueden prescindir en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter órfico —y por ello, sagrado— de la mal denominada música clásica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común —todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona—, asumida esta sin el menor atisbo de crítica; el mercado laboral lo es de profesiones consideradas productivas y necesarias, y apenas de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación —hoy vencida y desarmada en España— a todos sus niveles.
No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades. Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; seguirá habiendo escritores y lectores; algunos centros urbanos de difusión cultural seguirán abiertos y más o menos activos, pero todo lo que se relacione con el ser y sus problemas fundamentales parecerá superfluo, en estado de letargia y, en el mejor de los casos, será escenario de heroísmo para renitentes.
A esta cuestión queríamos llegar. Los planes de estudio de las facultades universitarias de humanidades irán a peor, en favor de las banalidades que ha generado la era de lo llamado políticamente correcto: una alquimia en la que se funden los feminismos y homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado. Pero toda persona vinculada a la enseñanza de las humanidades puede, si no modificar esas tendencias disolventes de las litterae humaniores, sí otorgar a sus actividades un trasfondo y un alcance que minen hasta los cimientos esos falsos edificios del saber. A nuestro juicio, no hay más solución para las facultades humanísticas que implicarlas en la vida cotidiana de la polis, o sea, convertir las humanidades en la punta de lanza de una restauración de la política —que es como actuar en beneficio de la ciudadanía en aquello en lo que ni las ciencias ni las técnicas pueden hacer mucho—; transformar todas las escenas del saber humanístico en el gran aliado del progreso espiritual de una nación y de sus ciudadanos. Por ejemplo, enviar a los estudiantes de los últimos cursos a comentar las grandes o menos grandes obras de la literatura universal en las bibliotecas públicas; no obligar a los profesores a hacer gestión académica, algo que los convierte en burócratas, sino agitación cultural más allá de sus muros; convertir a profesores y alumnos avanzados en asesores de centros de creación y difusión de la cultura; mandar a todos ellos a los diarios del país para favorecer un periodismo de mayor alcance cultural; invitar a cualquier empresario del mundo de la técnica, la informática, los negocios, y lo que sea, a contratar antes a un graduado que, siéndolo en la profesión adecuada y pertinente, lo sea también en cualquier rama de las humanidades, como ya sucede en Estados Unidos, para satisfacción incluso del rendimiento de sus empresas. Porque no es factible suponer que unos buenos estudios de humanidades (como todavía pueden cursarse en escasos centros universitarios del mundo entero, pues casi todos han quedado arruinados por el efecto de metodologías "seculares") resulten suficientes para obtener legitimidad en las sociedades actuales si no salen de las cuatro paredes de los centros universitarios.
Su papel tendrá que ser, en el futuro, el de una rigurosa resistencia, el de un profundo conocimiento del pasado, el de la transmisión eficaz de ese saber antiguo en provecho del futuro antes de que todo el mundo caiga en la "amnesia institucionalizada" de que ha hablado George Steiner. Pero, sobre todo, si los profesionales de las humanidades quieren por una vez actuar con sentido común y eficacia, su papel habrá de ser el de garantes de la permeabilidad entre las instituciones sabias a las que pertenecen y el progreso de la sabiduría, la democracia y la dignidad del ser entre los ciudadanos de un país entero.
Jordi Llovet es catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona.