miércoles, 21 de septiembre de 2016

Life little instruction book

Jackson Brown es un padre preocupado por la felicidad de su hijo y por ello le escribió estos “consejos” cuando este se fue a estudiar a la Universidad, lejos de su casa.
Su hijo decidió fotocopiarlos y los distribuyó entre sus compañeros. Los mensajes tuvieron tanto éxito, que una editorial le pidió autorización a Brown para editar un libro con ellos, Life's Little Instruction Book, una publicación que rápidamente se convirtió en un best seller traducido a varios idiomas. He aquí los consejos.

Hijo:
• Cásate con la persona correcta. De ésta decisión dependerá el 90% de tu felicidad o tu miseria.
• Observa el amanecer por lo menos una vez al año.
• Estrecha la mano con firmeza, y mira a la gente de frente a los ojos.
• Ten un buen equipo de música.
• Elige a un socio de la misma manera que elegirías a un compañero de tenis: busca que sea fuerte donde tú eres débil y viceversa.
• Desconfía de los fanfarrones: nadie alardea de lo que le sobra.
• Recuerda los cumpleaños de la gente que te importa.
• Evita a las personas negativas; siempre tienen un problema para cada solución.
• Maneja coches que no sean muy caros, pero date el gusto de tener una buena casa.
• Nunca existe una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión.
• No hagas comentarios sobre el peso de una persona, ni le digas a alguien que está perdiendo el pelo. Ya lo sabe.
• Recuerda que se logra más de las personas por medio del estímulo que del reproche (dile al débil que es fuerte y lo verás hacer fuerza).
• Nunca amenaces si no estás dispuesto a cumplir.
• Muestra respeto extra por las personas que hacen el trabajo más pesado.
• Haz lo que creas que sea correcto, sin importar lo que otros piensen.
• Dale una mano a tu hijo cada vez que tengas la oportunidad. Llegará el momento en que ya no te dejará hacerlo.
• Aprende a mirar a la gente desde sus sandalias y no desde las tuyas.
• Ubica tus pretensiones en el marco de tus posibilidades.
• Recuerda el viejo proverbio: sin deudas, no hay peligros ni problemas.
• No hay nada más difícil que responder a las preguntas de los necios.
• Aprende a compartir con los demás y descubre la alegría de ser útil a tu prójimo. El que no vive para servir, no sirve para vivir.
• Acude a tus compromisos a tiempo. La puntualidad es el respeto por el tiempo ajeno.
• Confía en la gente, pero cierra tu coche con llave.
• Recuerda que el gran amor y el gran desafío incluyen también 'el gran riesgo'.
• Nunca confundas riqueza con éxito.
• No pierdas nunca el sentido del humor y aprende a reírte de tus propios defectos.
• No esperes que otro sepa lo que quieres si no lo dices.
• Aunque tengas una posición holgada, haz que tus hijos paguen parte de sus estudios.
• Haz dos copias de las fotos que saques y envíalas a las personas que aparezcan en las fotos.
• Trata a tus empleados con el mismo respeto con que tratas a tus clientes.
• No olvides que el silencio es a veces la mejor respuesta.
• No deseches una buena idea porque no te gusta de quien viene.
• Nunca compres un colchón barato: nos pasamos la tercera parte nuestra vida encima de él.
• No confundas confort con felicidad.
• Nunca compres nada eléctrico en una feria artesanal.
• Escucha el doble de lo que hablas (por eso tenemos dos oídos y una sola boca).
• Cuando necesites un consejo profesional, pídelo a profesionales y no a amigos.
• Aprende a distinguir quiénes son tus amigos y quiénes son tus enemigos.
• Nunca envidies: la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.
• Recuerda que la felicidad no es una meta sino un camino: disfruta mientras lo recorres.
• Si no quieres sentirte frustrado, no te pongas metas imposibles.
• La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Citas que inspiran

Sobre el aprendizaje y la experiencia:
  • "Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí.". Confucio.
  • "Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo." Benjamin Franklin.
  • "Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro". Confucio 

Sobre la sabiduría
  • "Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio"  Proverbio hindú
  • "La primera virtud es frenar la lengua, y es casi un dios quien teniendo razón sabe callarse". Catón de Útica 
  • "Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir". Johann Kaspar Lavater 

Sobre el dinero y la riqueza:
  • "El camino hacía la riqueza depende fundamentalmente de dos palabras: trabajo y ahorro".  Benjamín Franklin
  • " No gastes tu dinero antes de ganarlo ". Thomas Jefferson  
  • "¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia".  Epicuro de Samos.
  •  "Maneja coches que no sean muy caros, pero date el gusto de tener una buena casa".  

Sobre la frustración y el desánimo:
  • " Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad "  Confucio
  • "Hay que tener fe en uno mismo. Ahí reside el secreto. Aun cuando estaba en el orfanato y recorría las calles buscando qué comer para vivir, incluso entonces, me consideraba el actor más grande del mundo. Sin la absoluta confianza en sí mismo, uno está destinado al fracaso."   Charles Chaplin.

Sobre la humanidad y el comportamiento con los demás
  • “Sé exigente contigo mismo e indulgente con los demás, alejarás los resentimientos”. Confucio. Libro XV-14.
  •  "Estrecha la mano con firmeza, y mira a la gente de frente a los ojos". 
  • "Recuerda el nombre y los cumpleaños de la gente que te importa ".
  • "Aprende a compartir con los demás y descubre la alegría de ser útil a tu prójimo. El que no vive para servir, no sirve para vivir ".
Sobre la educación de los hijos 
  • "No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita; y soporta luego la ingratitud".    Miguel de Unamuno.
  • "Aunque tengas una posición holgada, haz que tus hijos paguen parte de sus estudios". 
Sobre la felicidad y el equilibrio en la vida
  • "Cásate con la persona correcta. De ésta decisión dependerá el 90% de tu felicidad o tu miseria".

Miscelaneos 





sábado, 20 de agosto de 2016

Omran Daqneesh, el niño de la ambulancia

El rostro de Omran Daqneesh, ensangrentado y polvoriento como la Siria actual, dio ayer la vuelta al mundo por el efecto viral de las redes sociales. Bautizado como el niño de la ambulancia, su historia de cinco años de edad está ligada a la guerra porque en Alepo, donde sobrevive, no ha conocido otra cosa.

 En el vídeo proporcionado por el Aleppo Media Center -un grupo de activistas contrarios al régimen de Bashar Asad- se ve cómo los rescatadores sacan a Omran, conmocionado, de entre los cascotes de su casa, en el barrio de Qaterji, junto a sus cuatro hermanos. Omran, sentado dentro de la ambulancia, mira sus manos, manchadas con su propia sangre e intenta limpiarse en los pantalones cortos. Su expresión vacía, en shock, sólo se transforma cuando ve a sus padres en el hospital. Horas después, otra imagen lo mostraba vendado y tumbado en una camilla. Fue uno de los 12 niños ingresados anoche en un hospital del norte de Alepo.

El reportero que aparece en el vídeo (autor también de la fotografía), Mahmud Rslan, comentaba ayer a Afp: «He tomado muchas fotos de niños muertos o heridos por los bombardeos, lo que ocurre cotidianamente» en la parte rebelde de Alepo, «lo normal es que estén desmayados o lloren. Pero Omran estaba ahí sin voz, con la mirada perdida. Es como si no comprendiera muy bien lo que le acababa de suceder».



lunes, 13 de junio de 2016

"Cris es como debería ser Dios"

Cris tiene 36 años, un biberón de batido rosa y unas manos pequeñas. Es uno de los 120.000 paralíticos cerebrales que hay en España.

El padre le habla al hijo como si éste le estuviera entendiendo todo. El padre le pregunta como si el chaval -en cualquier momento, ¿te imaginas la fiesta?- le fuera a responder cuatro frescas. El padre le cuenta noticias de los sobrinos Andrés y Pablo como si Cris supiera quiénes son Andrés y Pablo. El padre trata de estrecharlo contra sí mismo como si este manoteo desmadejado de Cris fuera un abrazo intencionado.

Cuando uno tiene un hijo con una parálisis cerebral -cuenta el padre-, "hay que vivir como si".

Esta historia tiene 36 años -los que tiene Cris-, pero comenzó a escribirse hace tres. Un poco en trance y en vigilia. Un poco a pesar de uno mismo. Un poco a quemarropa. Todas las cursivas que van a leer a continuación -si es que están dispuestos a leer un alegato oscuro- están sacadas del libro Cómo explicarte el mundo, Cris (La Esfera de los Libros). El resto salió de una tarde que pasamos con Cristóbal y su padre, el periodista Andrés Aberasturi. Que tiene una dilatada carrera profesional. Que tiene varios premios. Que tiene algunos poemarios, sí. Y que también un hijo con parálisis cerebral.

-Hay algo que sí que sabemos hacer bien mi hijo y yo.
-Dinos.
-Chocar las manos como los americanos. Mira.
Y las chocan. Plas.

Las manos. Las del hijo: blancas, húmedas y pequeñas. Que no necesitan ni una sola sesión de quiromancia porque se leen solas.
"Las manos de mi hijo no empuñarán banderas ni fusiles, ni moldearán el barro, ni escribirán sonetos. Pero las manos de mi hijo nunca harán daño".
(...)

"Ayer tu madre, sin venir a cuento, ha comentado casi de pasada, con un dolor sencillo, que una de las cosas que más echa de menos es no haber podido llevarte nunca de la mano".

El día en que nació, Cristóbal Aberasturi Páez lo hizo sin diagnóstico y sin paladar, y al poco le tuvieron que fijar la lengua con puntos para que no se la tragara. El padre aún recuerda aquella boca amoratada y rota, "deformada por las pinzas que debieron usar para operarle"; aquella cabeza pinchada.
Los padres preguntaban y preguntaban y preguntaban por aquella lengua imposible. Y entonces hubo un médico cabrón que les reprendió por tanta pregunta.
-¿Pero acaso va a hablar su hijo?.

El periodista nos cuenta que aquella UCI de Neonatología era "un cuadro de El Bosco". Y enumera las escenas del retablo. "Bebés del tamaño de un puño entubados", "trocitos de carne palpitante", "cuerpitos mutilados", "niñitos transparentes como hojas de sándalo", "trasplantados de urgencia", "niños ya condenados"...
"Hay un silencio raro en Neonatología. Allí la gente no nos hablábamos, como una forma de respeto a los otros padres, como una forma de no querer saber". Lupe hacía algo hermosamente extraño cada vez que se acercaba a darle el biberón al hijo. Todas las mañanas, antes de acudir a Neonatología, la madre se pintaba. Los labios. Los ojos. Las mejillas. Para que la viera guapa el hijo que no miraba.(...)

"Cuánto habréis aprendido con él' [te dicen]. Tan solo el enunciado me parece grotesco, radicalmente cruel (...). Renuncio y maldigo a cualquier experiencia positiva nacida de tu sufrimiento".
A los tres meses se fueron con la lengua en su sitio, pero con el diagnóstico en ninguna parte.
Cristóbal es Cris. Que tiene un hermano de 40 años que se tumba con él en el suelo para las siestas de verano. Que siempre se anda chupando la mano. Que de bebé "no conoció otra cosa que putadas, cada vez que alguien se le acercaba era para inyectarle, para abrirle la boca, para hacerle daño...".

En el Centro de Paralíticos Cerebrales El Despertar hay 57 residentes, una quietud de astillero y una atmósfera de pabellón de reposo.
Cris es una de las 120.000 personas con parálisis cerebral que hay en España. Una persona irrepetible. Un tipo insólito.
A Cris le gusta la piscina, levantar las piernas cuando está tumbado, vivir a su aire "como un gato".
A Cris no le gusta la ducha, que le mojen la cabeza, el aliento del secador en el pelo.
-¿Crees en Dios?
-Creo que Dios es él. Mi hijo es como debería ser Dios. Aunque yo no querría que fuera Dios, claro... Yo querría que llegara a las cuatro de madrugada hasta arriba, como los otros, con una copa de más.(...)

"No había flores, Cris. No había ramos de flores ni cajas de bombones ni ese revuelo tan alegremente perturbador de las visitas. Tu llegada al mundo apenas se celebró".
Andrés Aberasturi no lloró con el primer desamor. No soltó una lágrima con la primera pelea o aquel traspiés profesional. Tampoco lo hizo cuando murieron sus padres. Sí lo hizo cuando el hijo se le moría después de todo.
"Le operaron de la cadera y tuvo una infección generalizada en todo el cuerpo. En casa veíamos que no iba bien. Las heridas no le cerraban. Los ojos se le empezaban a hundir. La doctora nos puso en una tesitura: o volvemos a intentarlo de este modo [más dolor, más sondas] o le dejamos que se vaya tranquilamente. Decidí que haríamos lo que dijera su madre. Es la que tenía todo el derecho a decidir. Ella y su hermano dijeron que por supuesto había que intentarlo. La verdad, la puta verdad, es que yo habría dicho que le dejaran tranquilo".

Escribe en el libro: "Lloraba por primera vez, lloraba sobre tu cuerpo dormido, lloraba sobre aquel brazo casi inmóvil a fuerza de vendajes para que no te quitaras la vía hacia tus venas, lloraba como nunca había llorado (...); y mirándote a los ojos solo te murmuraba: 'Perdóname, perdóname, perdóname...'".
(...)

"Ni tan siquiera puedo ponerte un tono de voz, soñar una palabra tuya articulada, un sonido que no sea el sonido de tu risa o de tu angustia, que no sea el sonido de tu mundo de sonidos, pequeño, conocido, comprensible. ¿Te imaginas una palabra tuya?"
-Tu hermano no va a andar -le dijo un día al mayor (que era pequeño).
-Da igual, papá. Ande o no ande, le vamos a querer igual.
Si pudiera hacerlo aquí y ahora, Andrés se pondría a fumar mientras nos cuenta todo esto. Se encendería otro cigarro a pesar de su enfermedad pulmonar crónica. Pero estamos en la residencia. En una sala que nos han dejado. Y Cris tiene media mano metida en la boca y odia el humo.
Los pulmones. Como espoletas. Hubo una vez en que una neumonía casi se le lleva al hijo. Es de esas ocasiones en que los padres tuvieron un miedo glacial y cansado. "Le ponías la mascarilla y se la arrancaba. En medio de la crisis, le agarré muy fuerte. Él también. Aquello no le iba a dar oxígeno, era una abrazo animal, lo más parecido a lo que haría un orangután. Un abrazo entre su angustia y mi miedo".
(...)

"Entonces te planteas la gran decisión de la residencia (...). Para muchos es tirar la toalla, rendirse (...). Para otros es aún peor: se trata de quitarnos el problema de encima, una forma disimulada de abandono, de olvido (...) ¿Qué estamos haciendo, Cris, hijo mío? ¿Por qué no te seguimos teniendo con nosotros? ¿Nos estamos inventando coartadas para liberarnos la conciencia? Para decirlo claramente: ¿Somos culpables y te abandonamos?"

Desde la vivienda familiar de Cris hasta El Despertar hay 40 minutos en coche. Vienen sus padres. Y el hermano. O los tíos.
Cuando Cris vivía todavía en casa -hará una década-, se iban de vacaciones los cuatro en un Chrysler Voyager que parecía una botica con ruedas. Una familia y un mapa. Los amigos del hermano mayor, a sus 15 años, tenían que pasar el "examen" de ver a Cris con naturalidad, que a lo mejor estaba tranquilamente tumbado en el pasillo. "Este es mi hermano", les decía. En plan "es uno de los nuestros". Y allí -a la edad de la mafia con espinillas- se hacían lazos de sangre.
"Ves crecer a los chicos de su edad. Y llegan los Reyes y el tuyo no sabe quiénes son los Reyes. Y llega la comunión y él no va a hacer la comunión. Ni sabrá de la selectividad. Ni de un primer beso con la pareja... Todos esos momentos. Nunca hicimos una tragedia cara afuera. Pero es inevitable pensarlo".
Andrés acude a la residencia una vez por semana a verlo. Le habla, le toca, le explica cosas de los sobrinos. Le cuenta como si.
(...)

"¿Cuántas veces has tenido sed y no lo he sabido? ¿Cuántas noches has sentido frío y no he estado para arroparte? ¿Cuántas veces te ha dolido la cabeza sin que yo lo supiera? (...) Nunca has llorado, Cris, nunca, y cuántas veces he necesitado ese llanto tuyo, ese caudal de lágrimas y penas para acercarte a mi pecho y apalomarte".
Escribe Javier Sádaba en unas líneas introductorias que el libro de Andrés "difícilmente soporta un prólogo". "Más aún: añadir algo puede estropearlo, interponer un cuerpo extraño entre él y su hijo Cris".

Nosotros nos íbamos ya.
-¿Se va uno jodido de aquí?
-Esa es la gran contradicción. Cuando te vas de la residencia, su estado es un alivio. Sé que no me echa de menos, que no sufre porque me vaya, no me castiga por ello, no me lo recrimina... Te da cierta tranquilidad egoísta... Lo que yo daría por haberle escuchado una sola palabra. Una sola... Y que esa palabra fuera mama

viernes, 29 de abril de 2016

Nadie quiere a los filósofos



La crisis por la que atraviesan los estudios de humanidades no solo en España, sino en el mundo entero, era perfectamente previsible desde los albores de la revolución industrial. Lo que se fundó en la Grecia clásica —el amor por el saber— y se mantuvo en Roma —la alabanza del ocio y el menosprecio del negocio—; aquello que las órdenes monásticas conservaron durante la Edad Media; aquello que resurgió con una insólita pujanza durante el Renacimiento europeo, luego durante la Ilustración y en buena medida en las universidades del siglo XIX siguiendo el ejemplo de la reforma universitaria de Humboldt en Berlín, todo eso empezó a librar ya a mediados de ese mismo siglo una batalla muy dura contra un enemigo de potencia no solo no prevista, sino también incalculable. El hombre de estudio, la mujer de artes o letras, vieron, a lo largo del gran siglo de la burguesía y de todo el siglo XX cómo la legitimidad de su quehacer quedaba mermada y amenazada a causa del desarrollo de la ciencia, la industria, el comercio y la técnica.
Nadie quiere a los filósofosEn 1872, Flaubert lamentaba el desequilibrio que un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia exhibía entre algo tan elemental como el deporte —que ya no tenía en Europa el destino agónico que había tenido en Grecia o Roma— y la enseñanza de la literatura, de la que apenas se hablaba. Con mayor énfasis, escribió lo siguiente sobre el mismo asunto: "Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado por las gilipolleces cardinales que gobiernan a los seres humanos. Eso es algo nuevo; por lo menos en el grado en que se produce. Las ganas de alcanzar el éxito, la necesidad de triunfar a toda costa —debido al provecho económico que se obtiene— le ha minado a la literatura la moral hasta tal punto que la gente se está volviendo idiota".
Él, como tantos otros autores que empezaron entonces a reflexionar sobre el descrédito progresivo de las humanidades, no poseía distancia suficiente respecto a las causas de tal descalabro. Hoy sí la tenemos. Al auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos 30 años por lo menos, un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el auge de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto a la sombra de Heidegger o de Jaspers no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de esas brillantes tecnologías y los ingenios digitales irrumpieron progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico-científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución. Estamos ya, propiamente, en lo que ha venido en denominarse la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en la era en la que el ente, el ser, no es más que un flatus vocis: una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que se otorgaba a Dios o a la muerte.
Esto nos lleva a analizar otros factores, no menudos, del descrédito de las humanidades en las universidades de España y de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, de los que los jóvenes no pueden prescindir en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter órfico —y por ello, sagrado— de la mal denominada música clásica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común —todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona—, asumida esta sin el menor atisbo de crítica; el mercado laboral lo es de profesiones consideradas productivas y necesarias, y apenas de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación —hoy vencida y desarmada en España— a todos sus niveles.
No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades. Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; seguirá habiendo escritores y lectores; algunos centros urbanos de difusión cultural seguirán abiertos y más o menos activos, pero todo lo que se relacione con el ser y sus problemas fundamentales parecerá superfluo, en estado de letargia y, en el mejor de los casos, será escenario de heroísmo para renitentes.
A esta cuestión queríamos llegar. Los planes de estudio de las facultades universitarias de humanidades irán a peor, en favor de las banalidades que ha generado la era de lo llamado políticamente correcto: una alquimia en la que se funden los feminismos y homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado. Pero toda persona vinculada a la enseñanza de las humanidades puede, si no modificar esas tendencias disolventes de las litterae humaniores, sí otorgar a sus actividades un trasfondo y un alcance que minen hasta los cimientos esos falsos edificios del saber. A nuestro juicio, no hay más solución para las facultades humanísticas que implicarlas en la vida cotidiana de la polis, o sea, convertir las humanidades en la punta de lanza de una restauración de la política —que es como actuar en beneficio de la ciudadanía en aquello en lo que ni las ciencias ni las técnicas pueden hacer mucho—; transformar todas las escenas del saber humanístico en el gran aliado del progreso espiritual de una nación y de sus ciudadanos. Por ejemplo, enviar a los estudiantes de los últimos cursos a comentar las grandes o menos grandes obras de la literatura universal en las bibliotecas públicas; no obligar a los profesores a hacer gestión académica, algo que los convierte en burócratas, sino agitación cultural más allá de sus muros; convertir a profesores y alumnos avanzados en asesores de centros de creación y difusión de la cultura; mandar a todos ellos a los diarios del país para favorecer un periodismo de mayor alcance cultural; invitar a cualquier empresario del mundo de la técnica, la informática, los negocios, y lo que sea, a contratar antes a un graduado que, siéndolo en la profesión adecuada y pertinente, lo sea también en cualquier rama de las humanidades, como ya sucede en Estados Unidos, para satisfacción incluso del rendimiento de sus empresas. Porque no es factible suponer que unos buenos estudios de humanidades (como todavía pueden cursarse en escasos centros universitarios del mundo entero, pues casi todos han quedado arruinados por el efecto de metodologías "seculares") resulten suficientes para obtener legitimidad en las sociedades actuales si no salen de las cuatro paredes de los centros universitarios.
Su papel tendrá que ser, en el futuro, el de una rigurosa resistencia, el de un profundo conocimiento del pasado, el de la transmisión eficaz de ese saber antiguo en provecho del futuro antes de que todo el mundo caiga en la "amnesia institucionalizada" de que ha hablado George Steiner. Pero, sobre todo, si los profesionales de las humanidades quieren por una vez actuar con sentido común y eficacia, su papel habrá de ser el de garantes de la permeabilidad entre las instituciones sabias a las que pertenecen y el progreso de la sabiduría, la democracia y la dignidad del ser entre los ciudadanos de un país entero.
Jordi Llovet es catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona.

José Antonio Marina: "La equidad es compatible con la excelencia"

El filósofo y profesor José Antonio Marina sostiene que pensamos no sólo para conocer, sino para actuar, y que el talento es, por tanto, «la inteligencia actuando de manera adecuada, brillante y eficiente». No triunfa el que es muy inteligente, sino aquel que toma las mejores decisiones y elige bien las metas: «El talento es el acto de invertir bien la inteligencia», señala. «Esta inteligencia puede cultivarse a través de una educación adecuada». De todo esto habla en su nuevo libro Objetivo: generar talento. Cómo poner en acción la inteligencia (Conecta), un libro optimista pero que, al final, saca conclusiones algo desesperanzadoras sobre la organización de la sociedad y sobre los políticos.

Suscribe la Ley de Abrecht: «Las personas inteligentes unidas en una organización suelen tender hacia la estupidez colectiva». ¿España, en conjunto, suele tomar malas decisiones?
Sí. España no ha tenido nunca talento político y por eso hemos tenido una historia tan convulsa y hemos perdido tantas oportunidades. Tuvimos una buena etapa, en la Transición, porque se eligieron bien las metas, al acordar de forma consensuada que había que seguir adelante. Después, hemos planteado metas que fragmentaban y hemos adoptado como política la cronificación de los problemas. Llevamos demasiado tiempo con problemas educativos... ¿De verdad no se pueden resolver? Necesitamos una nueva inteligencia política que sepa qué hacer con todo esto, que sepa cómo gestionar el futuro.

¿Se ha hecho de Ciudadanos? El otro día estuvo en un acto educativo de Albert Rivera y Luis Garicano.
No. Ni de ningún otro partido. Subrayó mi total independencia porque quiero trabajar para que la educación esté por encima de las ideologías. Elaboré el Libro blanco de la profesión docente por un encargo del Gobierno del PP y, cuando el debate de Educación para la Ciudadanía, me acusaron de ser el filósofo de Zapatero, a quien no conocía.
¿Se queda con la excelencia que defiende el PP o con la equidad por la que apuesta el PSOE?
Ambas son compatibles. Tenemos que ir a un socialismo de las oportunidades y a una aristocracia del mérito. En la educación obligatoria, la equidad es fundamental. La procedencia socioeconómica tiene una gran importancia en los resultados educativos. Por eso, la excelencia debe empezar, en muchos casos, por una ayuda socioeconómica a las familias y una protección especial desde Infantil. En cambio, al pasar a la educación voluntaria, la excelencia adquiere protagonismo. Por ejemplo, me parece sensato que, en los dos primeros cursos universitarios, las becas vayan ligadas fundamentalmente a la situación económica del alumno, pero que, a partir del tercero, la calidad de los resultados sea un factor preponderante.
l mundo ha cambiado mucho en poco tiempo, pero no parece que lo haya hecho la universidad. ¿Hay un desfase entre la formación con la que salen los estudiantes y las nuevas habilidades que se demandan?
Sí, hay un desfase. La Ley de Revans dice que, para sobrevivir, las personas, las instituciones y las sociedades necesitan aprender, al menos, a la misma velocidad en que cambia el entorno. En el caso concreto de la universidad, en España estamos muy retrasados. Hay universidades mucho más activas en EEUU y Reino Unido.
¿Nuestro sistema educativo sabe cómo sacar el máximo partido a la inteligencia de los alumnos?
Sabe cómo hacerlo pero no lo hace. Ni el sistema ni los profesores están preparados. No lo están, en primer lugar, porque los currículos son disparatados y, si los profesores están obsesionados con los currículos, no pueden enseñar a pensar a los alumnos. En segundo lugar, porque no tenemos formas de personalizar la educación. Y no es un problema de dinero, porque la tecnología permite que haya distintos ritmos de aprendizaje.
En el libro habla mucho de la memoria. Existiendo internet, ¿hay que aprenderse la lista de los Reyes Godos?
La lista de los Reyes Godos, no, pero la tabla periódica de los elementos, sí. La memoria es el órgano del aprendizaje, no se puede aprender nada si no es de memoria.Está desprestigiada por ignorancia y esto nos ha producido unos daños educativos colosales, porque se entiende que es simplemente repetir las cosas y no es sólo eso.
«Lo que distingue al virtuoso del mediocre sólo se debe al trabajo». ¿Para qué es importante el esfuerzo? ¿La letra con sangre entra?
No, la letra con entrenamiento entra. La inteligencia se amplía mediante la repetición de hábitos bien dirigidos. Toda buena enseñanza es entrenamiento.
En el libro habla de lo importante que es controlarse e inhibir los impulsos. La famosa investigación de Walter Mischel mostraba cómo a los niños que son capaces de esperar y resistirse a la tentación de una golosina les iba mejor de mayores.
Todo nuestro sistema de consumo está fundado en suscitar deseos muy fuertes y que desaparezcan inmediatamente para ser sustituidos por otros. La impulsividad está creciendo y es más importante que nunca reconocer que la primera función de la inteligencia ejecutiva es que hay que frenar el impulso para poder analizarlo.
¿Qué ha hecho el Ministerio de Educación con su 'Libro blanco'?
Ahora todo está paralizado. En lo único en que estamos es en ese chismorreo del pacto.
El Mundo

domingo, 17 de enero de 2016

Carta de un socialista ateo francés a su hijo

 Carta que el socialista ateo francés Jean Jaurés fundador del periódico a “L’Humanité” escribió a su hijo, publicada en 1919.


Querido hijo:
Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas.
Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás. No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor.
Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?. 

Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?
En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra,  a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.
Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras.
Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.
Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.
Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío,que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.
Recibe, querido hijo, el abrazo de
TU PADRE.
Jean Jaurès, cuyo nombre completo era Auguste Marie Joseph Jean Léon Jaurès (*Castres, Francia, 3 de septiembre de 1859 – París, 31 de julio de 1914), fue un político socialista ateo francés.